Actores porno de derechas: realidad o mito

Apolonia Lapiedra en el videoclip «Sexy Bicycle» de Sheyla (Vía Wikipedia)
Javier Vidal

Hace unos días, Apolonia Lapiedra sorprendió a propios y extraños anunciando su “retirada” con solo 27 años. La noticia, además de trágica por poner de manifiesto la escasa vida útil de los trabajadores de la industria del porno, dejaba una incógnita que pasará — y nunca mejor dicho— a los anales de la historia. Ahí va: «Me pareció un gesto muy feo el tuit de Rosalía. No ya por Vox, sino por los millones de votantes que hay detrás. No me avergüenza en absoluto decir que me considero una persona con ideas políticas más bien de derechas. ¿Por qué habría de avergonzarme?».

¿Por qué la albaceteña más universal —con el permiso de la zurda de Andrés Iniesta— tendría que mantener en secreto su afinidad por un partido que establece en su ideario político vínculos claros entre pornografía y violaciones en grupo? ¿Por qué? Pues se trata de un misterio que nos sirve como excusa para indagar en ese binomio extraño, tanto o incluso más que el amor de Moby y Natalie Portman, dos oscuros objetos del deseo comportándose como el oxímoron que forman actores y actrices X/Y el conservadurismo más radical.

Es cierto que el gremio de actores, tanto en España como en el resto de un planeta ávido de sueños, se ha caracterizado —exceptuando a Chuck Norris o Clint “El facha” Eastwood— por comulgar con la izquierda, mostrándose muy crítico con gobiernos de corte fascista empeñados en enterrar la cultura y el entretenimiento en nombre de la castidad (de los demás) y la alta moral. Por tanto, cuando vemos a las facciones (presumiblemente) más radicales del mundo de la interpretación desvelando el color de su ropa “interior”, ese que nunca vemos porque están follando, puede parecernos paradójico. Y no porque crean que Trump sea el hombre idóneo para el puesto o que Abascal represente los valores del español a caballo, sino porque virar hacia la derecha en la industria del cine para adultos implica, como hemos visto en otras ocasiones, una sola cosa: abandonarla a la fuerza o engrosar las filas del olvido. Esto es la guerra.

Por un lado, Sasha Grey, Stoya o Erika Lust haciendo uso y abuso de sus cuerpos porque les sale del coño, representando a la mujer libre con sueldos más altos que los actores mejor pagados, triunvirato del sexo convertido en acto político y, por supuesto, sucio y de izquierdas. Al otro lado del plató, Jena Jameson disfrutando de una merecida jubilación con frases del estilo «cuando eres rica quieres un presidente republicano», Brandi Love y sus tuits de alegría y alboroto (en inglés) por la victoria de Trump en las últimas elecciones o la tatuada Anna Bell Peaks destrozando pollas y definiéndose como «una acérrima defensora del pequeño comerciante y las grandes corporaciones. Donald es, ante todo, un hombre de negocios y por lo tanto el único capaz de mantener el buen rumbo de la economía».

Entre medias se escucha un silencio a gritos, el de la clase trabajadora que asiste impasible a once demandas interpuestas por mujeres (entre ellas Stormy Daniels y Jessica Drake) contra el presidente de su país ¿Lo escucháis? Y es que, cuando se trata de abordar el escabroso tema, la mayoría de los actores comienzan la entrevista con una pregunta: es anónima, ¿verdad? De hecho, la situación en Estados Unidos, meca del cine X y principal consumidor mundial de este tipo de contenidos, ha llegado a un punto en que realizar declaraciones de índole político, al estilo de Apolonia pero sin los ejques, puede llegar a ser peligroso, precisamente porque el presidente de la nación ha roto la única ley escrita en el porno: practicarlo siempre con consentimiento.

Al mismo tiempo, cuesta entender como ese misma industria, culpable en gran medida de la cosificación de la mujer y el machismo tránsfuga inyectado en la base de nuestra sociedad, esté compuesta por una amplia mayoría de trabajadores que no se caracterizan por llevar una vida acorde a lo establecido por un puritanismo religioso en línea con las tesis de la derecha. Al contrario, son muy guarros, guarrísimos, mantienen relaciones abiertas sin condón, practican sexo anal por dinero y, en un porcentaje más alto del que podríamos suponer, terminan votando a candidatos con un programa muy claro: acabar con el pan de sus hijos. Vamos, un jaleo.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda; al final da un poco igual porque los “progres” se corren igual que los “fachas”. Sean lo que sean, la única conclusión a la que se puede llegar en lo relativo a la ideología imperante en este sector es que los políticos y los actores porno se parecen mucho. Los primeros joden a sus votantes; a los segundos les pagan por joder.

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