Breve historia de la distribución porno

Cine X de la Plaza de Armas, Santiago de Chile (vía Flikr)
Javier Vidal

El 28 de diciembre de 1895 tuvo lugar la proyección de la primera película de los hermanos Lumière: un grupo de obreros saliendo de una fábrica de Lyon. Fenomenal. Esta es la versión oficial. La oficiosa es que siete años antes, el inventor francés Louis le Prince filmaba en el jardín de la casa de sus suegros una escena compuesta por veinte fotogramas en la que no sucede absolutamente nada. Y es que, al igual que ocurre con la fotografía —invento surgido de la necesidad de llevar la foto de la mujer en la cartera y la de alguna desconocida ligerita de ropa—, la pornografía es parte indivisible del nacimiento y posterior desarrollo del cine.

Pasados esos momentos de euforia colectiva ante el visionado de un tren en blanco y negro aproximándose al espectador, los gustos de la audiencia viraron rápidamente hacia otras cuestiones más íntimas, y en 1896 se estrena la que es considerada la primera película para adultos de la historia, “Le coucher de la mariée”. Por supuesto, la experiencia grupal tenía lugar en espacios públicos, generalmente proyecciones privadas de pago y, progresivamente, fue extendiéndose entre las universidades y grupos exclusivos como los Rotarios y la Fraternidad de los Elks hasta alcanzar las gónadas de los núcleos urbanos, en particular los de la clase trabajadora.

El tiempo pasa, llegan los años 70 con sus cines de verano repletos de descapotables y aquellos teatros provistos de enormes pantallas a todo color —“Garganta Profunda” se estrena en junio de 1972— en los que la tecnología, siempre aplicada a cuestiones ligadas al cuidado personal, nos sorprende con el sistema de video casero: el VHS. A partir de ese momento comienza el descontrol. Copiamos las películas escondidas en la mesilla de noche de papá, las ediciones X de Interviú se apilan en el fondo de los armarios y títulos como “Las sensuales tardes de Pamela Mann” y “El séptimo sello” se alternan con partidos de fútbol y recetas de cocina de la 1, todo en una cinta magnética con capacidad para tres y cuatro horas de puro placer.

Con el cambio de década tiene lugar la convivencia pacífica entre las salas X, repletas de pajilleros tristes y jóvenes con acné, y los videoclubes en los que las películas de ninjas ocupan las esquinas más discretas, a solo unos metros de los títulos protagonizados por Nina Hartley, John Holmes o Marilyn Chambers. Y es que aunque parezca mentira, hasta bien entrados los años 80, estos cines de aspecto triste y desangelado —jamás vi entrar a nadie sin las manos en los bolsillos— poblaban las aceras actuando como barrera contra el progresivo desmantelamiento de los cines-teatro, propiedad de los antaño superpoderosos estudios. Y claro, el consumidor se va recogiendo para casa y la venta por catálogo alcanza cotas jamás vistas con la aparición del DVD en 1996, prodigio futurístico ideal para pintar rayas de cocaína con capacidad ilimitada de almacenamiento en alta resolución. Serán productoras como Evil Angel, fundada en 1989 por el maestro gonzo John Stagliano, o Vivid con un toque mas glamuroso, quienes disfrutarían de la segunda edad de oro del porno gracias a su venta a escala mundial —con y sin subtítulos— alzándose en las cabezas (duras) de un sector que solo en EEUU generaba 15 billones de dólares.

Como siempre nada es para siempre y, en cambio, a finales de los noventa nadie fue capaz de predecir que la propagación de los sistemas BBS (Sistema de Tablón de Anuncios en español) permitiría a los usuarios, con la simple ayuda de un ordenador y un módem, conectarse a una red en la que compartir fotos sacadas directamente de la revista “Ébano” pegadas a fragmentos de penetraciones de Savannah y Asia Carrera que terminaban en la carpeta de “TRABAJO”. Y ahí, cerca de la entrepierna, comienzan los problemas para la industria. En 2002 nace eMule y el sistema 2P2, programa descargado 300 millones de veces y que supone el pistoletazo de entrada del porno en casa entendida como una actividad lúdica y solitaria con una duración media por usuario de cuatro minutos, tiempo más que suficiente para quedarse tranquilo y preparar la cena viendo el «Un, dos, tres”.

Al todo gratis le sigue el descuartizamiento de las películas reconvertidas en escenas y, coincidiendo con la retirada de Jena Jameson en 2008 y la llegada de los actores aficionados, el cine para adultos inicia una tercera etapa bajo el dominio de los canales Tube y la sombra de una crisis que arroja unos ingresos globales por valor de 97 billones de dólares. Todo se acelera, cada segundo hay 28.258 usuarios de Internet viendo un bukake, 372 tecleando “contenido explícito” en los motores de búsqueda y se propagan, a una velocidad nunca vista, productoras tan vacuas como BangBros, Reality Kings o Brazzers con propuestas troceadas y repetitivas al asalto de la fibra óptica a 200 megabits por segundo.

Mención especial merece Pornhub. En apenas 12 años de existencia —comenzó como web de fotografías profesionales y amateur— ha convertido el streaming a medio camino entre un Netflix degenerado y el Youtube más LGTBI en el Mercadona X más grande del mundo. Porque aquí tienen cabida los 7.000 millones de habitantes del planeta tierra: seguidores de las tetas y las vergas grandes, los trans, el squirt, las orgías, las cámaras en vivo —cojo aire—, Owen Grey, los celiacos, tu vecina marrana, las MILF y el hentai, los viejos y las momias; todos, absolutamente todo. Y muchos negros.

Han pasado exactamente 131 años desde aquel fotograma en el jardín y la pornografía, por una razón que no alcanzamos a comprender, intercambia pantallas de cine por teléfonos móviles de fabricación coreana. Nunca habíamos estado más cerca de la verdadera razón por la que inventamos la fotografía, núcleo fundamental del cine: llevar cerca de nosotros a gente desnuda, en cualquier momento, en cualquier lugar, 24/7, aquí y ahora.

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