Buck Angel: la estrella porno trans

Buck Angel
Buck Angel (vía Wikipedia)
Javier Vidal

Hola, me llamo Buck Angel, soy un hombre al cien por cien pero tengo coño.

Así es como se presenta este poderoso fortachón repleto de tatuajes talegueros, cabeza como una avellanita y mirada un tanto tímida, casi acuosa, y que no oculta lo que a simple vista podría parecer un secreto: la identidad de las personas está más relacionada con la historia que cuentan sus ojos que con el sexo genital.

La cuestión es que Buck Angel —cuyo nombre real es Jake Miller—, nació en el valle de San Fernando y enseguida le fue diagnosticado hembrismo y bautizado como Susan Butch, algo que sin embargo, no parecía tener relación aparente con él; una chica que se vestía como un chico, más cómoda actuando como tal y que ante semejante panorama estaba destinado a sucumbir en el mundo de las drogas, el alcohol y otros estupefacientes para sobrellevar su drama personal en un país que en la década de los setenta parecía más preocupado en seguir haciendo América grande que a sus propios ciudadanos, varones, hembras o ninguno de los dos a la vez. O todo lo contrario.

Ahora Buck tiene 46 años, ha recibido el AVN Award por la mejor performance transexual del año y disfruta de su estatus de estrella de cine adulto, productor, activista, educador y lo que le pongan por delante porque las cosas… las cosas cambian y es muy gratificante seguir con vida y asistir a ese cambio.

Buck mira a la cámara con su puro humeante y cuenta que le gusta hacerlo tanto con tías como con tíos, que tiene orgasmos jugosos como los de cualquier mujer y que debido al uso de hormonas, el tamaño de su clítoris ha aumentado gradualmente, convirtiéndose en una especie de pene mutilado semi escondido entre dos pliegues labiales del tamaño de un mejillón XXL. Y sí: tiene un coño normal y corriente.

En sus películas todo es de verdad, no hay artificios y la gente folla en habitaciones mal iluminadas, sobre camas deshechas provistas de sábanas amarillentas y cuyas paredes podrían ser derribadas de una patada a medio gas. Huele a cerrado, los actores involucrados gimen y jadean de manera brusca, utilizan condones por miedo a las enfermedades, algunos fuman, incluso al tiempo que agitan sus miembros flácidos atravesados por anillos y pendientes, en definitiva; el sexo se muestra tal y como casi siempre es, un intercambio de fluidos donde las personas involucradas se mueven de manera algo torpe, conscientes de que correrse puede llegar a ser la última cosa que se produzca y copular sobre la cara de ella una simple imagen edulcorada restringida al porno convencional, el mismo cuyo espacio temporal discurre entre un ¡corten! y un ¡acción! Hay pelo, mucho pelo, tetas caídas, tíos calvos que no parecen saber muy bien como estimular a su compañero, representantes imperfectos de una industria, la del porno, que nunca ha encontrado el valor de contar a sus consumidores que lo que ven es mentira, que uno no folla con modelos en tacones, ni que la ropa interior está a estrenar, y por supuesto: que a una no se la cepillan siempre delante de un enorme ventanal con vistas al skyline. No. Más bien a un patio interior con humedades.

Miro a Buck. Su cuerpo es el de un hombre que podría matarte de un puñetazo y sin embargo hay matices en su voz que me recuerdan a lo mucho que nos gustaban los globos de helio en las fiestas de cumpleaños cuando éramos unos críos, un deje de inocencia impúber.

Me acerco más a la pantalla. Mi cabeza toca la de Buck. Observo con detalle ciertas incongruencias debidas a mi falta de datos, al hecho de que una parte del mundo —hasta entonces oculta—, se manifiesta ante mi en todo su esplendor. Si lo que tengo delante es un tío, ¿cómo puede tener vagina? Mi cerebro no tiene registrado ese detalle y sin embargo es real: pelo en las piernas, senos suplantados por pectorales sobre los que es posible vislumbrar una cicatriz bíblica, un clítoris del tamaño de una polla pequeña, caricias cercanas a un estropajo… Pienso en el esfuerzo que supone llegar a comprender que el género es demasiado azaroso como para conferirle demasiada importancia y que al final lo que realmente cuenta es todo lo demás; cómo vemos el mundo, cómo nos sentimos en su engranaje (abrillantado artificialmente) y que quizás ha llegado el momento de redefinir la belleza. ¿No es acaso ésta la observación de la naturaleza tal y como se muestra, una especie de misterio sin resolver que surge ante nosotros, que duele pero que al mismo tiempo es hermosa a su manera?¿No es acaso también lo natural que sea un hombre nacido mujer quien enseñe al resto de varones como dar placer dentro de un marco de respeto mutuo?¿Es verdad que en el fondo, lo que más me gustaría en el mundo es tener vagina y polla, tetas y pectorales? ¿Es un tío con dos agujeros un ejemplo de ser perfecto? ¿Podemos abarcar todas las dimensiones del ser humano en nuestro cuerpo? ¡Respetemos la polla y dominemos nuestro coño!

Una cosa está clara y es que es demasiado pronto para determinar la importancia de películas como “Mr. Angel”, “The Trans List”, “Technical difficulties of Intimacy”, todas ellas protagonizadas por el bueno de Buck. Tal vez su relevancia solo radique en el hecho de que hayan sido las primeras en abordar que los trans también pueden expresarse sexualmente, reafirmarse en sus cuerpos, sean como sean, grabar sus experiencias sexuales, compartirlas y conseguir que otros lo gocen, heteros, gays y el resto de las veintipico identidades que al parecer existen a día de hoy: yo solo veo una; y es de carne y hueso, frágil, con tendencia a pudrirse más rápidamente de lo que nos gustaría, por mucho que la industria del porno convencional se empeñe en demostrar lo contrario.

Buck termina la entrevista y sonríe tímidamente al tiempo que coloca las manos sobre sus rodillas. Está radiante, luce moreno californiano, y mira con dulzura a la cámara.

Soy un chico, ¿sabes?

¿Quién se atrevería a dudarlo?

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