Cafe Flesh y los vampiros de imágenes

Filmoteca marrana
María Díaz Moreno

Cafe Flesh (Stephen Sayadian y Mark Esposito, 1982) es un clásico porno con evidentes pretensiones artísticas con algunas lecturas políticas. Tras la III Guerra Mundial y el llamado Beso Nuclear, la población queda dividida en una mayoría de negativos, sujetos que sienten deseo pero son incapaces de mantener relaciones sexuales, y los positivos, que han salido indemnes del conflicto. En este contexto nacen lugares como Cafe Flesh, donde cada noche los negativos consumen espectáculos pornográficos realizados por positivos, con intención de revivir las sensaciones que sentían antes de la catástrofe.

Asiduos al local son Nick y Lana, una pareja estable y convencional que se aproxima con diferente actitud a esta situación: mientras Lana lleva con cierta resignación su condición y la asistencia a Cafe Flesh con alegría, casi como terapia de pareja; Nick por su parte vuelve a casa cada noche derrotado, como si regresar de -y a- Cafe Flesh fuese un fracaso personal. Esta diferencia de actitud será clave para el desenlace de la película que apunta a los verdaderos motivos tras la diferencia entre positivos y negativos: el trauma de la guerra, la monogamia impuesta y el deseo homosexual reprimido. Como dice Max, el maestro de ceremonias del cabaret, «Desire is in cage».

Los espectáculos que frece Cafe Flesh mezclan lo convencional con la absoluta extrañeza, coitos completamente comunes con las fantasías clásicas del porno reinterpretadas: el macho y la doncella, la secretaria y el jefe, el ama de casa y el lechero. Es un show exagerado y desnaturalizado, hecho para los ojos de los negativos, como si el guionista de las funciones solo conociese estos tropos eróticos de oídas.

Los positivos son tratados en el local como una especie de fenómenos de circo, contemplados desde le envidia y el desdén. Sin embargo los primeros planos de los espectadores, que también somos nosotros, intercalados con detalles de felaciones, cunnilingus y coitos, dicen lo contrario. La película nos interpela a nosotros como agentes pasivos, que hemos olvidado la esencia misma del deseo a través de reinterpretar con nuestra mirada una y otra vez las fantasías clásicas, y nos invita a dejar de vampirizar con los ojos y pasar al lado positivo del sexo.

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