Cogidos por detrás: retrospectiva del sexo anal en el porno

Fotografía de Klaus Hausmann (Vía Pixabay)
Javier Vidal

Resulta que en pleno siglo XXI —no sabremos qué nos deparará el XXV—, nuestro mundo, tan bajonero como él solo, continúa inmerso en una cosmogonía falocentrista. En ese agujero negro, y en lo relativo al cine porno, el ano es el amo indiscutible, ya sea del género gay, hetero, trans o en la cocina. Da igual. Porque el sexo anal es, sin lugar a dudas, la invención más perfecta del hombre sin atributos. Paradójicamente, son ellas (Abella Danger, Lana Rhodes y Adriana Chechik poseedoras de numerosos galardones entre los que destacan el AVN a la “Mejor doble penetración del año”) quienes se ven obligadas a dominar los músculos de un esfínter con la denominación —por parte de los más cobardes— de orificio de salida. Y lo hacen por dos razones. La primera porque filmar este tipo de escenas viene acompañado de un cheque al portador de 2.000 dólares, frente a los 600 dólares del misionero. La segunda coincide con el auge que viene experimentado desde 2009 la demanda de contenido por la puerta de atrás: 120% más en los Estados Unidos; 78% en España. Si quieres reinar tienes que pasar por el a(r)o, sí o sí.

Resulta extraño comprobar cómo una zona invisibilizada durante siglos ha tomado el control. Ahí está él, blanqueado y esférico, desprovisto de pelo, acaparando la atención de un público que lo asocia con el origen —algo dislocado, eso sí— de la vida, boca sin dientes a la cola del sistema digestivo, incapaz de concebir descendencia, pero siempre dispuesto a dejar escapar un reguero de semen con el que seguir alimentado nuestra percepción más carnal del sexo. Tanto gusta que, al final, muchos heteros terminamos olvidándonos del coño, y un símbolo asociado tradicionalmente a la homosexualidad, acaba siendo presa del neocapitalismo en su versión más machista: el penetrado con un bozal de sumisión; el penetrador de la mano de la testosterona, ya sea dentro de otro hombre o una mujer con o sin pene. Y la pasta, mucha pasta en juego.

Conviene dejar claro que las cosas no siempre fueron así, al menos en lo relativo a la ficción. Del móvil a la tele, de las ondas catódicas al cine. Y en technicolor, rodeados de pajilleros tristes, podemos vislumbrar el inicio de este fenómeno con el clásico “The devil in Miss Jones” (1973). Protagonizada por Georgina Spelvin, la película nos brinda la que es, si no la primera, la más célebre escena por el culo de la historia del porno. Bueno, en realidad es una doble penetración y apenas se percibe el acto —aparece tapado por dos testículos peludos—, aunque está claro que los chicos lo pasan bien. Georgina, en cambio, necesitaba un dentista urgentemente. Hay otros atisbos traseros en la serie de películas dedicadas a “Fanny” (1973), aunque la cosa comienza a ponerse seria a mediados de los ochenta con la histórica “Caught from behind” (1982). En ella, una pareja de “voyeurs” se vale de unos prismáticos para tomar nota de las prácticas anales de sus vecinos anticipándose a lo que vendría más tarde, una ola por detrás a cargo de Gynger Lynn, Sheri St. Claire y otras heroínas que terminaría salpicándonos en forma de los prolapsos, fistings y enemas “mainstream” de Sheena Shaw y Roxy Raye, verdaderas acróbatas del recto.

De esta manera un tanto retorcida, la industria en 2020 se ha encargado de que una mera fantasía, oculta en un cuarto oscuro mental o en el perímetro del dormitorio  tenga su contrapartida en este escaparate llamado sexo. Por su parte, las actrices dejan de ser objetos genitales para convertirse en mercancía intercambiable, y nosotros, simples eyaculadores nos enfrentamos a la terrible evidencia de que las posaderas y el dinero siguen haciendo girar un mundo con olor a culo. Uno recién cagado, claro.

“Clean you mind and your ass will follow”.

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