El hombre objeto: producción y reproducción

María Díaz Moreno

Es de dominio público que tradicionalmente la figura del hombre apenas ha sufrido la hipersexualización aplicada a las mujeres en los medios de masas. Aunque algunos lo nieguen, es bastante habitual que dichas oposiciones confundan la objetización con fenómenos como las fantasías de poder. Lo que muchos achacan a una paridad de sexos en el tratamiento del cuerpo mediático se debe, en la mayoría de ocasiones, a un intento de reforzar las virtudes psicológicas de un personaje o al deseo de vender coches. No era posible encontrar imágenes en la hegemonía creadas para la excitación gratuita o la jocosa contemplación. Hasta ahora. El desnudo masculino, muchos estigmatizado que el femenino, se ha concebido durante décadas como un complemento de dureza: dureza mental, laboral, vital. Los cuerpos podían ser mostrados pero no exhibidos, musculosos pero elaborados, bellos pero no adornados y atractivos pero de forma involuntaria.

Fue a principios de los ochenta la publicidad comenzó a mostrar más cantidad de cuerpo masculino con mayor frecuencia y diferente perspectiva. El neoliberalismo trajo la idea de estatus asociado a las marcas y la publicidad de las mismas extendió el concepto al cuerpo producido que las anunciaban. La reacción ante la posibilidad de objetizar al hombre fue compensar los centímetros de piel mostrada con poses duras y miradas que no incitan a la mirada ajena; un rechazo frontal a la pasividad. El resultado fue la ubermasculinidad del cine de acción: grandes cuerpos moldeados combinados con la despreocupación por la apariencia de décadas anteriores. Se promovía entonces el culto al cuerpo varonil como señal económica y símbolo de poder.

Estas tensiones entre el viejo y el nuevo cuerpo masculino se libraron durante las últimas décadas del sigo XX -el arquetipo canónico de estas luchas internas sería American Psycho– culminando en el nuevo milenio con la aparición del dichoso término metrosexual. El hombre que se cuida, que se depila, que se perfuma y acicala, el hombre que persigue una estética y la busca, compara y compra. El hombre en definitiva que se produce como tal. Cuando el pelo de las cejas de todos estos aspirantes a David Beckham volvió a crecer, la locura de la definición estética había pasado y se abrió la puerta a más opciones, pero la idea de fondo había calado: crear la imagen propia del varón que deseas ser ya no solo ha dejado de ser ridículo, sino que es casi una virtud.

American Psycho (2000, Mary Harron)

Muy asociada con la cultura del emprendimiento, del fake it until you make it, especialmente en redes sociales, y también, todo hay que decirlo, al fenómeno de los «maestros del ligue» -recuérdese la autoconsciencia estética de Tom Cruise en Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999)- la idea de construirse a uno mismo desde fuera a dentro ha permeado en la masculinidad. Se publican rutinas y costumbres saludables, se compartes los antes y después con total desvergüenza como si fuese un anuncio de la teletienda, solo que el producto ahora es él. Según esta tendencia podemos ver hombre objeto en el consumo de medio diario, desde la publicidad hasta Instagram (si no en el punto intermedio en el suelen converger), pero son objetos de consumo público y limitado u objetos de lujo o marcas personales. Ninguna de estas características los convierten en objetos sexuales.

¿Dónde están entonces los objetos masculinos de deseo en el siglo XXI? Desde luego en el porno mayoritario no, pero tampoco es necesario buscarlos en los sótanos de la cultura de masas. La segunda década del siglo nos ha dejado ejemplos muy claros en los medios convencionales, no así en categorías principales del porno heterosexual. Actores como Channing Tatum, Henry Cavill o Chris Hemsworth han combinado el exhibicionismo con una actitud totalmente desprejuiciada al respecto.

Vacaciones (John Francis Daley y Jonathan Goldstein, 2015)

Quizás el ejemplo más perfecto sea Zac Efron que da vida dentro y fuera de la pantalla a un nuevo modelo de sex symboll, antes adolescente y ahora ya no tato, que no tiene su razón de ser, como era, en seducir sino que existe para la admiración pasiva, la pose, el contoneo. Se puede decir que lo busca en sus papeles –Malditos vecinos (Nicholas Stoller, 2014), Mike y Dave buscan rollo serio (Jake Szymanski, 2016), Baywatch: Los vigilantes de la playa (Seth Gordon, 2017)- y que cuando lo encuentra, no lo rehúsa. Así fue en los MTV Awards de 2014, cuando al recoger el premio a «Mejor actuación sin camisa» Rita Ora, la presentadora de la categoría, se dispuso a arrancarle la que llevaba puesta para la gala. Efron, ni corto ni perezoso, se la terminó de quitar y brindó a los espectadores un par de músculos marcados y de guiños. Porque, por definición, el hombre objeto da al público lo que desea, sin pudor. De esta misma forma se lo plantea Mario Casas, el paradigma español. También asiduo a los papeles donde el cuerpo es tan decorativo como narrativo, al igual que en gran parte de los papeles femeninos, habla sin reserva de la necesidad de crearse y mantenerse.

En Scream Queens (2015), slasher y serie adolescente a la vez que parodia de ambos géneros, contaba con dos personajes que encajaban en este nuevo molde. Glen Powell, Chad Radwell en la ficción, personificaba el estereotipo de la «rubia tonta» con un cuerpo espectacular de 90 kilos de músculo y estupidez. Su mejor amigo Boone Clemens, interpretado Joe Jonas, otro artefacto Disney, era el contrapunto de la «morena lista» de la serie y protagonista de esta escena donde se ve con claridad la esencia vanidosa y tautológica del nuevo hombre hombre objeto. Muy lejos está la pornografía hegemónica heterosexual de esta alegría de vivir.

Es bastante habitual que las escenas porno comiencen con la mujer exhibiéndose muy voluntariosa y simpática, mirando a cámara con perenne sonrisa. Es una suerte de pasividad sexual activa -sin duda requiere trabajo y práctica- que desde luego no ha inventado la pornografía pero que explota por motivos evidentes. Semejante actitud solo se puede ver reproducida por varones en el género gay, ni siquiera es habitual en el llamado bisexual porn, copado por escenas de tríos de dos hombre y una mujer que mantienen relaciones entre todos de forma más o menos equitativa. Tampoco es común en el porno queer o en el autoproclamado porno feminista.

Si bien se sexualiza al hombre, siempre en relación a la pornografía convencional, en ningún caso se muestra como objeto. Toda la musculatura, el sudor, la genitalidad y la gestualidad viriles enfatizan características activas del personaje: su actitud sexual, su dominio de la escena. En definitiva, si hay un intento de seducir al espectador, falto en la mayoría de las producciones, es en todo caso a través de características psicológicas y conductuales propias más propias del western clásico que de la tendencia creciente en los mass media. El porno mainstream se ha quedado estancado en los ochenta y se compone de un ejército de actores de películas de acción que empuñan sus penes como pistolas de utilería. Mientras algunos actores de Hollywood crean softcore gratuito de primera calidad en sus stories, el porno se hace viejo esperando a mostrar un hombre hetero desnudo sonreír.

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