El porno feminista ya está aquí

Erotic Heritage Museum (Vía Flikr)
Javier Vidal

Hace cinco millones de años surgió de alguna cloaca del centro de la tierra una criatura que fue caminando, evolucionando desde una posición encorvada con aspecto de mono mutante hasta convertirse subrepticiamente en una figura estirada, soberbia, que sin querer o más bien gracias a una extensión en las relaciones de poder con su entorno, imponía una mirada masculina a todo lo que se le ponía por delante y por detrás. Tuvimos que esperar hasta 1975, año en que la teórica Laura Mulvey expuso el concepto de “male gaze” para encontrar un nuevo ángulo: en el cine, la mujer había sido cosificada y mostrada ante el espectador desde el punto de vista del hombre, dueño y señor de las cámaras, imponiendo ese dominio a una fantasía cinematográfica en la que ellas eran las curvas de la carretera, los cuerpos del delito, los objetos de deseo, más veces complementos del héroe que otra cosa, y cuyas miradas se desviaban hacia otro lado, el interior de un espejo que respondía con un reflejo oblicuo.

Después llegó Jenna Jameson y su imperio tatuado en forma de corazón en el culo, ejemplo más que evidente de que el porno financiado y dirigido por mujeres pude ser en ocasiones aún más machista que el de cualquier director de cine porno de medio pelo, sobre todo cuando el objetivo primordial es llegar a las grandes audiencias y aumentar las suscripciones.

Ahora es 2018, el calor se acerca y el cine porno feminista está aquí, entre nosotros, hombres incluidos, y no solo eso: porno para mujeres es el término de búsqueda más utilizado en Porn Hub. Y eso… eso es la hostia.

Parece ser que el porno ya no es un producto de consumo exclusivo para hombres y que la curiosidad que suscita entre las mujeres va en aumento. El contenido de estas nuevas propuestas se caracteriza —a grandes rasgos— por una menor agresión verbal y física hacia las mujeres, por un plano más equilibrado entre la figura masculina y femenina en la que la iniciativa se reparte entre ambos y, si la mujer es el receptor de una agresión, generalmente es otra mujer quien la inflige.

Pero, ¿cuáles son las razones de este auge?

En primer lugar se debe al incremento del porno amateur. Cada vez más mujeres producen sus vídeos, lo que explica también la popularidad del porno lésbico, con lo que la respuesta entre sus homólogas es mayor: les representa.

En segundo lugar, Internet ofrece sitos gratuitos en los que consumir pornografía con lo que ahorra a las mujeres el tener que comprar películas en tiendas repletas de pajilleros, tipos calvos con melena y cuyo olor corporal recuerda levemente a los calcetines de un asesino en serie, por no mencionar el estigma social al que están sometidas por ciertos estratos de la población que aún se sorprenden al comprobar que las mujeres se masturban (tanto como los hombres) y muchas veces viendo este tipo de películas.

En tercer lugar, el porno feminista establece un estándar mucho más cercano a las aspiraciones actuales de la sociedad, en el que sectores marginados son representados sin ser convertidos en un fetiche y cuyos participantes —al salir en esa habitación del amor en el que se convierte un plató—, se sienten alineados al pertenecer a un sector en consonancia con su ética personal y profesional. En esta nueva industria, los actores son pagados en función de criterios igualitarios y lo que es más importante: es un sector rentable o en vías de poder serlo.

Algunos de estos lugares virtuales en los se está fraguando el cambio son Ladycheeky.com, Pinklabel.tv, o XConfessions.com. En ellos podrás encontrar una representación muy amplia del mundo exterior: ¡olvídate de la tiranía de la cirugía, la silicona y las musculocas! Estos espacios también los incluyen pero situándolos en la misma categoría que los cuerpos blandos y mustios, las pollas pequeñas y perforadas, las lesbianas con aspecto de niño acomplejado, los tatuajes, las amigas que después de comer una tarta de fresas con nata se montan un trío, los feos, los calvos orgullosos, las mujeres normales con pelo en las axilas que no se depilan porque no les sale del coño (sin depilar también), la gente mayor (que para los que no lo tienen claro, también follan), en definitiva: los vecinos de tu comunidad a un solo clic.

Quizás si el porno comienza a percibirse como una aproximación fidedigna de la realidad que todos conocemos, la misma repleta de personas que nunca tendrían la posibilidad de estar en las portadas de las revistas de moda o en los carteles a tamaño rascacielos de la Gran Vía, terminará convirtiéndose en un poder fáctico, algo a lo que temer porque su potencial residirá en su representatividad, un elemento a tener en cuenta porque el sexo tiene la capacidad de quemar las máscaras, desacralizar y mostrar aquello de lo que estamos hechos, porque al final follamos un poco como somos, ¿no? Pasada esta ola de feminismo politizado y vilipendiado por una sociedad eminentemente patriarcal, quedará la materia prima sobre la que edificar una sociedad más plural en la que el sexo, de momento una amenaza para los guardianes más acérrimos de la moral, se convierta en el mecanismo para estar menos tristes, tener la piel más tersa y sobre todo, ser mejores personas y absolutamente imperfectas.

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