Garganta profunda

Filmoteca marrana
Firma de Linda Lovelace, protagonista de Garganta Profunda (Vía Wikipedia)
Javier Vidal

Hablar en el 2020 de Garganta Profunda (1972) es una putada. Más que nada porque a estas alturas de la película —lleva recaudados 600 millones y apenas costó 25.000 dólares— no solo es la cinta para adultos más influyente de todos los tiempos, sino que ¿hay algo que no se haya dicho al respecto de la historia de la jovenzuela de pelo rizado que tenía el clítoris cerca del esófago? En Pin y Porn somos así, un chico y una chica a los que no se les pone nada por delante, y mucho menos la señorita Lovelace y el doctor Young envueltos en música de dudoso gusto. Y es que si algo sucede en sus 61 minutos de metraje—además de las 17 escenas de sexo señaladas por el crítico cinéfilo Roger Evert— es Beethoven en clave de funky, sexo
adúltero sin edulcorar, humor y vello, burbujas y la escena más extraña de la historia del porno convenientemente patrocinada por Coca-Cola. Pero vayamos por partes.
Ahora que la urgencia ha convertido a la industria pornográfica en un video más entre la mierda compartida del grupo de Whatsapp, es extraño pensar que sigamos hablando de una película estrenada en salas, perseguida y excomulgada apenas un año después por hordas de mustios para los que el sexo es una cuestión horizontal con las luces apagadas, que Linda Lovelace —actriz ramplona dotada de un pubis calvo absolutamente delicioso— se viera obligada a rodarla por las presiones de su manager-marido-proxeneta Chuck Traynor, que a día de hoy el miembro de Harry Reems acompañe a su portador a la agencia inmobiliaria en la que trabaja de lunes a viernes, que la primera escena de sexo esté protagonizada por una señora espatarrada con un cigarro en la boca y un muchacho con la suya en su vagina y que mezcle géneros tan dispares como la comedia a lo Pajares y Esteso, el cine de autor mas kistch y el romanticismo de cuento de hadas… en este caso una guerrera con una elasticidad bucal de otro planeta y muchísimas ganas de encontrar el amor entre campanadas, fuegos artificiales y cohetes.
Así, entre nosotros; la película no vale mucho. Contiene algún diálogo ingenioso, las actrices son “the girls next door” (a pesar de los esfuerzos por vestirlas de enfermeras) y los actores follan peor que Manolo el butanero. Sin embargo, su influencia se deja sentir en la era del 5G al ser responsable en gran medida del viraje hacia el sexo de puertas para afuera en una s(u)ciedad que tomaba la ruta del corazón de las tinieblas, línea directa a un agujero más oscuro que los cajones de Watergate, la guerra de Vietman y la disolución de los Beatles juntos. Para aquellos que no la hayan visto se la resumiré en unas líneas, casi media paja: la señorita Lovelace conduce un coche molón; llega a casa, habla con la amiga que fuma —experta en follisqueo—; le confiesa sus problemas para alcanzar el orgasmo; “eso no puede quedar así” dice la otra mientras tira de chorboagenda y organiza un gang bang casero apurando la colilla. ”La culpa es de los tíos y su poca polla izquierda para hacerte gozar” le consuela en plan madame. Ante la insatisfacción de flujo y esperma colectivos, la Lovelace se va a la consulta de un ginecólogo. El hombre la examina en profundidad y descubre una anomalía: su clítoris no está donde debería, sino un poco más arriba, a la altura de la garganta. Para demostrárselo, la paciente le come el rabo hasta los huevos y penetra en un multiverso, menos raro, más luminoso, sonoro y lúbrico. Después nadie sabe muy bien qué es lo que sucede, pero me inclino a pensar que el exiguo presupuesto obligó a Damiano a prescindir del guión e ir directamente a las escenas de cama… sin cama. Si no, ¿qué pinta ese gordito de tupé peroxidado que sorbe cola con una pajita saliendo de la vagina de nuestra heroína? ¿Y el doctor bigotudo y la enfermera de pechos mantequillosos filmados a lo Lars von Trier cuando éste era un universitario que se masturbaba con cadáveres? ¿Y qué decir del caco voyeur cuya máxima preocupación es tenerla más larga, la depilación de coño con espuma y cuchilla y la escultura giratoria con la forma de un canguro?
Pues todo esto es “Garganta Profunda”, amigos, una experiencia tan interesante como llevarse el catálogo del Ikea al cuarto de baño… pero no os la perdáis.

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