Judy Chicago, cama y mesa

«The Dinner Party», Judy Chicago, 1979 (Vía Wikipedia)
María Díaz Moreno

El renovado interés por el feminismo y las teorías queer ha favorecido la proliferación de las imágenes eróticas, pornográficas y meramente anatómicas desde la mano, la mirada y la obra de mujeres artistas. La vulva, más o menos esquematizad, se ha convertido en un icono para el activismo, como fue brevemente el menstrual art. De esta forma, en una misma vía de distribución, pezones pixelados y censura sobre cuerpos no normativos -¿ha sido la cuenta de PornHub alguna vez suspendida?- conviven con variedad de cuentas destinadas al culto al labio menor.

La historia tiende a mirarse el ombligo y aunque hace dos décadas, ya no digamos cuatro, poblar el mundo de imágenes de coños sin que el fin último fuese una eyaculación (masculina) podría parecer radical o infantil, lo cierto es que los mandalas yónicos y los flasazos al mucus que se pega a las bragas cada día 15 de ciclo, no serían posibles sin referentes previos. Uno de los más evidentes y cuya influencia y fluidos podemos rastrear con cierta facilidad entre el mar de imágenes que es el siglo XXI es Judy Chicago.

«Earth Birth», Judy Chicago, 1983 (Vía Flikr)

El arte de Judy Chicago siempre tiene un componente erótico aunque raye con otros conceptos como la melancolía, la ostentación o la ironía. Una de sus primeras series, adscrita aún al arte minimalista del que luego se alejaría, Pasadena Livesavers, compuesta por una lista de de figuras geométricas concéntricas y redondeadas, de colores amables y luminosos, que no eran sino la representación abstracta del descubrimiento de que era multiorgásmica. En The Birth Proyect representó el alumbramiento como una experiencia sensual cercana al parto orgásmico que divulgan activistas como María Llopis.

Pero no solo de vulvas vive el erotismo de Judy Chicago. Tras la muerte de su marido, el falo y la oquedad, esquematizados hasta lo primitivo, se confunden con formas vegetales. Entre la crítica y el erotismo hay un amplio hueco para que anide el humor y Chicago satirizó sobre la sexualidad masculina en obras como Rainbow man y Crippled by the Need to Control/Blind Individuality, ambas de la serie PowerPlay, creada entre los años 1982-87.

«In the Shadow of the Handgun», Judy Chicago, 1983 (Vía Flikr)

La obra por la es ampliamente conocida Chicago es The Dinner Party: una enorme mesa triangular con 36 plazas para unas tantas figuras femeninas de relevancia, ya sean reales o ficticias. Cada una de las vacante, emplazadas en tres laterales de 15 metros de largo, está dispuesta según la personalidad y época de la comensal que la ocupa. La obra completa, incluye el nombre de 999 mujeres más en el suelo de la misma, ensalza la presencia de las mujeres en la historia a través de labores como la cocina, cerámica o la costura. Sin embargo, The Dinner Party ha destacado entre el público por representar en cada uno de los platos una vulva, una pieza única de vajilla diseñada para cada mujer. Así pues, los curiosos visitantes del Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art, perteneciente al Brooklyn Museum en Nueva York, pueden cotillear entre los ilustres coños imaginados por Chicago para personalidades como Virginia Wolf, Hatshepsut o Teodora. La cena está servida.

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