La democratización de Internet mató al porno

Ilustración de Janelle Orsi (Vía Flickr)

Es un hecho. Lo que en principio significó un chorro de esperma fresca para los aficionados al porno se ha convertido, con el aval de una legislación morosa y el ánimo de lucro, en moneda de cambio en plataformas de referencia como Orgasmatrix y Pornhub. Y no nos referimos a la oferta de cientos de categorías sexuales que aglutinan en un solo clic las preferencias de tu cuñado —excluyendo a zoofílicos y otras derivas del bestialismo menor de dieciocho años— sino a la posibilidad de que sean los propios usuarios, ávidos por mostrar sus genitales al mundo, quienes generen contenido para el gran público; vamos, para los que no llegan a fin de mes. De esta forma, son los portales de la carne (XXX) los que fomentan un modus operandi que elimina a la industria de la ecuación —muy mermada desde la aparición del vídeo a principios de los años 80— para dar rienda suelta a la tiranía de la democracia entendida como el gobierno de los mediocres.

Y es que si en tiempos de Rocco Sifredi y Jena Jameson la pantalla estaba sometida al absolutismo de la silicona, los cuerpos GoFit, los cabeceros de estuco y el atrezzo a lo Dolce & Gabanna versión Andrew Blake, ahora nos enfrentamos a la era del sexo filmado con el móvil y sin sonido, un sueño húmedo que se parece más a un simposio de polvos no autorizados con exnovias, a ese ágora para profesoras de gimnasia en el que demostrar que es posible mantenerse elásticas pasados los cuarenta (con vibrador en el coño incluido), a la palestra de los sueldos en criptomoneda y sin salir de casa… En definitiva: toda una asamblea de trabajadores precarios en un mundo virtual que representa mejor que nada la realidad de nuestros días, tiempos en los que (mal)vivir es un arte y las revoluciones se retransmiten antes de que los revolucionarios la aprueben en asamblea constituyente, cerca del coqueto apartamento parisino en el que Lea y Lulú graban una nueva película lowcost para adultos.

Por supuesto, nada de lo descrito anteriormente es percibido como un problema… hasta el momento en el que somos conscientes de incurrir en la mayor contradicción de este siglo que vivimos peligrosamente: las supuestas virtudes de la oferta masiva “traducidas” en beneficios para el usuario no son más que una cortina de humo en la que los “creadores” reciben escasos rendimientos por su actividad, explotada debidamente por Mindgeek —empresa de análisis de datos propietaria de Pornhub, Youporn, Brazzers, Sextube y muchos otros— y donde la calidad brilla por su ausencia. Y entonces uno se pregunta ¿pero qué coño ha pasado?¿No se suponía que todas estas molestias por hacer llegar el porno a nuestras vidas, 24/7 y en multitud de dispositivos debían de estar acompañados de una mejora en el producto?

La respuesta está en la etiqueta Premium. Y es que si eres de esos remilgados que no quieren ver anuncios ni banners en los que personajes de manga copulan con criaturas diabólicas en los diez minutos que tardas en hacerte una paja entonces no te queda más remedio que pagar a la empresa que sigue aprovechándose de esos vídeos caseros que generan más tráfico, que atrae a nuevos clientes que a su vez llenan la cuenta corriente de Fabian Thylmann (CEO de Mindgeek), recabando información sobre tu incontrolable adicción por el sado, la obesidad mórbida y la dirección IP de tu ordenador, sin olvidarnos de ese proyecto que te ronda la cabeza desde hace meses con la forma de un suspensorio.

Así es; el circo está y siempre estará controlado por eternos adolescentes con alma de escualo, ávidos por esparcir migajas de sexo sobre una multitud que ignora que la democracia es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística, y que si quieres porno de calidad más vale currártelo un poco más la próxima vez que decidas subir un vídeo a Orgasmatrix. De lo de cobrar por ello ya hablaremos en una futura entrega (gratuita).

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