La polla de Nacho Vidal

Javier Vidal

De entre todos los fetiches del mundo del porno, tantos como días tiene la Semana Santa, hay uno que se mantiene erecto, recio y rebelde, por encima de todos los demás, dentro y fuera de mi vida de hombre impío. Y con esto no quiero parecer superficial, y mucho menos el típico idiota que, cada vez que se desnuda en un vestuario, se enfrenta a la problemática de la carne trémula, el tamaño y la forma.

Y es que, en el altar de las pollas, la de Nacho Vidal, ocupa un lugar predominante a la diestra del Padre y encima — y también debajo— de una mujer con la mirada hueca que perdió su derecho a ser Virgen porque se cruzó con la que es, desde mi punto de vista, la máquina de follar mejor engrasada de un país laico.

Lo supe desde el primer día que le espié retozando junto a Lucia Lapiedra. Detrás de esos ojos de niño que fuma a escondidas en el váter, esos tatuajes de camionero sensible y un cuerpo que te hace soñar para despertarte con un susto entre las piernas, se escondía una herramienta perfecta… y una excusa.

Y lo era por muchas razones: por el ritmo machacón que imprimía en la jovencita manteniendo un ángulo de otra galaxia y porque en ella, ¡oh, phallós!, se reconciliaban dos variables que hasta entonces habían permanecido enfrentadas: el volumen y la longitud.

La cuestión es que ese pollón siempre sale de una bolsa escrotal redondeada, se dobla ligeramente para adaptarse a cualquier agujero sin perder su valor estético, y convence. De hecho, cuando está en acción y en movimiento, el mundo a su alrededor desaparece. El mundo y con él los atributos que convierten el porno en una ficción. Nacho ya no es Nacho, sino una polla piedra sobre la que edificar una iglesia, con una cantidad tan justa de venas que pareciera la obra de un pastelero que retoca su obra con la pasión de un carpintero, culminada por un glande ahora convertido en estrella fugaz.

Resulta que, si quieres darte el capricho, la puedes pedir por Amazon y te la traen a casa en menos de 24 horas, 23 horas y 56 minutos menos del tiempo que tardo en alcanzar un orgasmo viendo cualquiera de los videos de Polla Vidal, perdón, Nacho.

Insisto. No quiero ser superficial y terminar hablando del aspecto menos interesante del único hombre que ha podido hacerle sombra a Roco Siffredi y Manuel Ferrara, pero es que me resulta imposible separar el hombre del personaje, a la cobra del encantador, al animal de ese escorpión con la capacidad de hacer correr chorros de tinta. ¿Os imagináis ser penetrado por Vidal? O incluso algo mejor; ¿os imagináis blandiendo semejante arma de destrucción masiva en los vestuarios del gimnasio? Fuego, luego ardor.

Nacho vino al mundo con una misión: hacer el bien, amar sin escoger, tocar al que nadie toca, rozar el corazón de los pobres de espíritu, hacernos soñar.

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