La vagina de Mary Magdalene

Fanart de Mary Magdalene (@xomarym) por Sydney Acevedo (@captainspice_)
Javier Vidal

Si mirar a Allegra Cole o Foxy Menagerie puede llegar a ser una experiencia difícil de integrar en la parte más racional de nuestra psique, recorrer la anatomía de Mary Magdalene trasciende cualquier adjetivo, precisamente porque el bisturí y la tinta han tomado posesión de un territorio que una vez fue carne. Ahora que la realidad no es más que una ficción llevada al extremo, la belleza plus ultra de esta marciana-canadiense confirma lo que algunos ya intuíamos: es posible llegar hasta donde queramos… sobre todo si tienes 100.000 dólares en la cuenta. De esta forma, la reina de los boxes se adueña del Instagram “clasificado X” y muestra un cuerpo que es la mezcla perfecta entre el circuito del Jarama y un manga japonés. Acompañada de la sempiterna leyenda “I rather be full of plastic than full os shit” —algo así como mejor ser un saco de plástico que de mierda—, se ha implantado en todas y cada una de las partes que integran un cuerpo en 4D —7.000 centímetros cúbicos solo en las tetas—: cejas, frente, mejillas, labios que rozan los cartílagos alares, tres operaciones de nariz, chapa y pintura, decenas de liposucciones, tres implantes y levantamiento de glúteos en los que sostener un pepino (literal), ¿me dejo algo? Sí, lo tatuajes. Incluso ha llegado a retocarse la vagina por dos razones fundamentales: sentirse bien por dentro y mejorar sus relaciones con un novio inexistente.

La primera reacción es pensar que a la chavala se le ha ido la olla. Quizás sufrió algún tipo de trauma de pequeña, una ruptura amorosa que le extirpó la autoestima y el sentido de la estética más normativo, o simplemente que todo vale a la hora de conseguir seguidores. Sin embargo, y tras diseccionar el reflejo de un físico improbable, nuestra conclusión es que está siendo malinterpretada. De hecho, un recorrido por los cánones de belleza a lo largo de la historia nos dará una idea más ajustada de lo subjetiva que puede llegar a ser la imagen que proyectamos, eso que llamamos belleza.

Así es como en la China del siglo X romper los cuatro dedos de los pies a las niñas pequeñas era práctica extendida, una tortura de flor de loto abolida en 1911. Lo mismo sucedía en el Japón samurai donde a las mujeres —siempre a las mujeres— se les aplicaba el “ohaguro”, pintándoles de negro los dientes con limón, té y una solución de limaduras de hierro. En el siglo XVII se pondrían de moda los corsés, causantes de malformaciones y desmayos, y las damas se arrancaban cejas y pestañas para obtener una preciosa calavera. Ya en el siglo XIX los chupitos de vinagre o Belladona eran la norma contribuyendo a darles el aspecto frágil y enfermizo tendencia en los bailes de la corte. Y se comercializaban cremas a base de arsénico o mercurio que provocaban parálisis faciales, y la anorexia era un medio mortal para lograr un objetivo vital, y luego llegó Naomi Campbell en los ochenta y ser bella se convirtió en misión imposible para el resto, y así hasta llegar a un 2020 en el que Mary Magdalene tiene razón al afirmar que «lo importante es acercarse a las personas con una mentalidad abierta, evitar clasificarlas basándonos solo en su aspecto exterior. Si nos aproximáramos a la gente sin complejos nos daríamos cuenta que todos tenemos más cosas en común de lo que podría parecer. Soy introvertida, detesto las multitudes y me vuelve loca la naturaleza. Tengo un alma de hippy atrapada en un cuerpo de alienígena plastificado… con la cabeza hueca».

A la vista de los acontecimientos que asolan este país a diario no podríamos estar más de acuerdo, querida.

«Si hay un demonio en mí, siempre lo ha habido». La otra María Magdalena.

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