La vida después del porno

Imagen de Gerd Altmann (vía Pixabay)
Javier Vidal

Randy West, Seka, Asia Carrera, Clara Morgane, Amarna Miller, ¡oh escultores de nuestras fantasías más tórridas! De hecho es difícil hacernos una idea clara de todos ellos vestidos, en la sección de embutidos del Carrefour o sin un dildo estimulando nuestro clítoris. Durante años se dedicaron a comer coños, a tragar pollas, a recibir esperma en el interior de su culo o en la boca. Hicieron tríos, gang bangs, atraparon la gonorrea, conocieron el éxito siempre enturbiado por la palabra porno —pegada a sus curriculums como las páginas de un Ébano— y después desaparecieron en un orgasmo fugaz. O mejor un squirting.

Cada uno de ellos llegó a este negocio por multitud de vías (genitales). Randy West era un cantante rubio del montón que se sacaba un dinero extra como stripper. En una fiesta le propusieron hacer una escena. Terminó protagonizando más de 1300 películas. En todas aparece empalmado. Quiso tener niños y nunca se casó. De hecho vive como un adolescente y a sus magníficos setenta y un años conserva pelazo y pollón. Mi ídolo junto a mi padre.

Asia Carrera, cuyo verdadero nombre es Jessica Andrea Steinhauser, fue una niña prodigio. Mitad japonesa mitad alemana interpretaba a Bach en el Carnegie Hall a los trece años. Las cosas se torcieron un poco y tras abandonar el calor de la casa familiar se metió en el porno para pagarse los estudios. Su coeficiente intelectual es de 156 y su cara contiene un par de ojos enormes repletos de una enorme tristeza. En el cine para adultos fue también una mujer prodigio con esa mezcla de inocencia y lujuria concentrada en 174 centímetros de flujo vital.

Nos saltamos a Seka y a Clara Morgane —juguetes rotos con cuentas saneadas— y llegamos a Amarna Miller. Española. Pelirroja de bote. 28 años. Su verdadero nombre es Marina y se define como creadora de contenido digital y creación estratégica. Se retiró del porno tras debutar a los 19 delante de las cámaras para demostrar que el amor por el sexo explícito y la capacidad empresarial no están reñidos.

Diferentes orígenes, mismo estigma. Las razones y motivaciones de todos estos iconos del porno son muy personales aunque el dinero es común denominador. En unos casos la necesidad de reconocimiento es tan extremo que no existe una mejor plataforma para saciar los instintos más básicos, captar la atención de un mundo ávido de sangre nueva y desfilar por los ordenadores de medio mundo en posiciones inverosímiles. Quizás todos ellos sintieron la necesidad de ser especiales, diferentes, al menos durante el corto espacio de tiempo al que se limita una carrera de estas características. Quizás sea un paso obligatorio para integrarte más tarde en una sociedad que sigue consumiendo sexo en proporciones industriales y todavía no lo reconoce, como si ver a gente follar fuese una cruz demasiado pesada de llevar para esta sociedad supuestamente avanzada que ya no apedrea a los gays ni considera el aborto un asesinato. En la teoría.

Porque en la práctica nunca se habla del tema. Dar el paso y convertirse en actor porno implica, en la mayoría de los casos, separarse de la familia y renunciar a ser percibido como una persona normal… toda la vida. El sufijo ex actor porno se pliega sobre sus extraordinarias pieles de la misma forma que dos perros copulando. ¿Cómo es posible que eso se repita invariablemente con la mala memoria que gastamos?

Ningún actor porno, con la excepción de Sasha Grey, ha conseguido hacerse un hueco en el cine convencional, dando por hecho que fingir o gozar del sexo mientras un calvo con melena te grita ¡abre las piernas, ahora por el culo, un descanso de cinco minutos para tomar un sándwich!, no implicara grandes dotes interpretativas. Es muy extraño que en casi sesenta años de cine porno no haya habido una sola persona capaz de atravesar el río de esperma y fluidos vaginales y llegado sano y salvo a la otra orilla puritana. Ni Nacho Vidal, ni Jena Jameson, ni Randy Spears o la ardorosa Janine Lindemulder. Al fin y al cabo, las películas de superhéroes y otras grandes superproducciones también son burdas, explícitas, predecibles y contienen violencia nivel DEFCON-1.

Y es que iniciarte y formar parte del mundo del porno en 1982 o en 2019 sigue siendo sinónimo de imponer un final precipitado a una parte de tu vida. Tu madre, tu pareja, la vecina del bajo que siempre te pregunta por tu hermana, el gordo vendedor de carne… Ninguno volverá a mirarte a la cara de la misma manera. Sin embargo esperarán a que dobles la esquina y te pierdas entre la multitud para regresar a sus miserables vidas. En la oscuridad de una habitación sin vistas abrirán Pornhub bajo el pretexto de confirmar que sí, que eres tú el guarro que hace esas cosas tan asquerosas.

La vida después del porno es extraña. Como nuestro mundo.

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