Las cosas que nunca verás en el porno mainstream

Photo by Thomas Hawk on Foter.com / CC BY-NC
Javier Vidal

Conozco a muchos consumidores de porno: padres de familia con sueldos astronómicos, desempleadas sin gatos, adictos a las mancuernas y al Instagram, mercenarios y vendedores de carne sin aditivos, solteros fofos y calvos, de torsos hercúleos con alergia al compromiso, mi amigo y poeta Javier Vicedo…

La lista es infinita y sin embargo, la mayoría de ellos, tan dispares en sus deseos y circunstancias, se decanta por el porno más convencional, rodado por profesionales y destinado a un público ávido de ficción sexual y POV frente a las diosas de la silicona y el vicio.

Por otro lado, los hay —en particular mi amigo Javier y un servidor— que prefieren los polvos amateur en el probador del Bershka, los mismos que paulatinamente se transforman en corporativismo íntimo de emprendedores con cuerpos diez.

Vistas estas dos tendencias (extremas), nos olvidamos de lo que queda entre los focos de plató y la cámara del Iphone: la vida en toda su imperfección. Y es que en el porno de verdad, ahora etiquetado como feminista y con el sello húmedo de Erika Lust, nos asomamos (sin querer) a lo que ocurre en un dormitorio sin luz natural, encima del fregadero o en la parte de atrás de un Prius. Y eso no es más que la realidad, las marcas del sujetador en la espalda de Ana, pelirroja, promiscua y responsable de ventas que lleva todo el día en la oficina. Al llegar a casa, se tumba en el sofá de Ikea, se quita la ropa que le ata a un trabajo que le seca y deja las gafas de secretaria impúber sobre la mesa. Se estira como un gato, siente sus maltrechas lumbares y se da cuenta de que está cachonda; más todavía después de percibir su olor a sudor. A los pocos minutos alguien llama a la puerta con los nudillos. Ana se levanta de mala gana, se cubre con el chubasquero tirado en el diván de la entrada y abre. Es Bea la vecina. Intercambian unas palabras, sonríen y a los pocos segundos comienzan a besarse. Lo hacen torpemente, un poco a la manera de los adolescentes. Sus labios no están sincronizados y a veces, sus incisivos imperfectos chocan, dejándoles en las sienes una sensación parecida a la de un niño que mete los dedos dentro de un enchufe. Ana desliza la mano por debajo de las bragas de Bea y nota su abundante vello púbico. Bea, soltera, rolliza e inexperta y que ya no sabe qué hacer para superar un vaginismo perpetuo, comienza a sudar. Los gestos de las dos son torpes, casi cómicos y terminan revolcándose por el suelo ante la imposibilidad de encontrar un asidero en el diván. Cuando sus frentes se encuentran—produciendo un ruido seco—, ellas ríen. Los pantalones de Bea se resisten y finalmente, ante la imposibilidad de separar su tobillo del denim de oferta, lo integran en ese dúo que ahora es un trío con restos de textil. Ana recorre el vientre de Bea, siente su dulce olor a jabón e intenta lamerle el coño. Bea reacciona cubriéndoselo con las manos. Duda. Quizás no sea una buena idea.

—¿Quieres un poco de agua?— le pregunta Ana levantándose de un brinco. Regresa a los pocos segundos y le tiende el vaso de agua con ternura. Bea asiente con la cabeza y se lo lleva a la boca. El líquido se desborda entre sus labios. Cuando termina no sabe qué hacer con el recipiente, ahora vacío.

—No te preocupes, déjalo en el suelo… esto está hecho unos zorros— dice Ana.

Cuando el vidrio rueda por el parqué, Bea se da cuenta de que las delgadas piernas de Ana están cubiertas de pelos rubios. Le recuerdan a la piel de un melocotón maduro.

Ana enciende un cigarrillo, vuelve a descender a las profundidades del salón y abraza a Bea soltando el humo por la nariz. La luz que entra por el ventanal incrementa su sensación de desnudez, transformando un sombrío apartamento en un espacio de libertad y flujo cubierto de gemidos.

—Es la primera vez que lo hago con una mujer—susurra Bea a la que le tiembla el pulso.

Para una gran mayoría también. Porque si el cine debe de ser un reflejo de la vida, entonces el nuevo cine tendrá que representar la reverberación de las pequeñas cosas, esas que el porno mainstream se empeña en ocultar pero que resuenan en cada pareja, en cada gang-bang, en cada cuarteto de cuerda.

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