Lo que no se ve en el video de Pamela y Tommy

Steve GranitzGetty Images
Javier Vidal

Santa Mónica. 1995. El mundo se hace el boca a boca al ritmo de C.J. —pronunciado cejota— corriendo con un salvavidas. Detrás de este rol, o más bien por delante, se encontraba la última gran vigilante de una era en la que ser famoso implicaba comprar tinte para el pelo cada mañana, luz blanca y frontal para espantar la arruga y cierto misterio cotidiano. Lo contrario significaba una sola cosa: malditos paparazzi, me han vuelto a pillar. Por supuesto, nos referimos a Pamela Anderson, probablemente una de las peores actrices de la historia y cuyo infinito talento todavía resuena en las pajas de la generación X. Es más, si recogiéramos una muestra de varones caucásicos nacidos entre 1975 y 1980 y les preguntásemos quiénes son las mujeres más importantes de sus vidas, habría quorum: sus madres y Pam. Ayeres felices.

Ese mismo año, la hija de América nacida en Canadá celebraba el amor más peroxidado casándose con Thomas Lee, inventor de la batería voladora y hombre de pocas luces y muchos tatuajes. De esta manera tan California dreamin, los dos y una cajetilla de Marlboro, siempre juntos y demasiado revueltos, grabaron en VHS un diario íntimo y vergonzante que terminaría en todos los reproductores de vídeo de un mundo que se asomaba a Internet. Fue un el primer éxito viral y recaudó 77 millones de dólares doce meses después del robo de la cinta.

Vistas con las gafas del 2022, las escenas de matrimonio carecen de interés alguno, nada que no encontremos cada mañana —y por desgracia— en el grupo de WhatsApp: Pam en la bañera como una Ofelia tímida y siliconada, Tommy filmando jamelgos cerca de su mansión y la pareja copulando sin profilácticos en mitad de un océano esmeralda. Sin embargo, para el espectador de la época, supuso un cambio de paradigma. De repente, ese objeto rubio del deseo, que acaparaba el ardor de todo hijo de vecino heterosexual, portada de PlayBoy en catorce ocasiones y con hepatitis C se desplegaba en la intimidad de nuestra habitación sin cortes ni censura. Y luego estaba el pene de él, diseñado con Autocad, perfecto en su plasticidad y longitud, capaz de inundar de luz y de color una vulva única en la inmensidad de la galaxia Tierra. Es más, muchos de nosotros le dábamos al STOP para ser capaces de asimilar tal cantidad de información amateur, privada y ahora de dominio público, pionera en lo que se refiere a traficar con lo personal.

Después llegarían las cintas de Paris Hilton y Rick Salomon (2004), la del desayuno, comida y cena de Colin Farrell y Nicole Narain (2005) y cuarenta y un minutos con Kim Kardashian y Ray J (2007) en los que se demuestra que algunas parejas follan como si miraran el “Sálvame”. Las imágenes eran en HD, los planos más estables, incluso encontramos algún orgasmo falso. Es inútil, ninguna puede competir con la original, la primera muestra de amor al descubierto y sin subtítulos. En palabras de la protagonista: «La vida es como el sexo: no siempre es bueno, pero merece la pena intentarlo». Genia y figura. Pamela forever. En cuanto a Tommy… who cares?

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