Los feos en el porno: cuando la virtud no está en el físico

«La duquesa fea», de Quinten Massys, National Gallery (Vía Wikipedia)

A nadie le gusta ser feo, pero ante la ausencia de proporciones áureas —por lo general convencionalismos desterrados en el instante en que la novedad encuentra acomodo en un sistema sediento de carne fresca— no existe mejor remedio que ponerse delante de una cámara y echar un polvo con o sin orgasmo —en el peor de los casos— frente a millones de pajilleros ansiosos por alejarse del tripartito silicona-rabo enorme-pelo peroxidado, el mismo que, como el semen sobre la mesa del escritorio, queda relegado a un vestigio del pasado. Y es que en la actualidad, la belleza normativa y la uniformidad en los actores y actrices porno están siendo suplantadas por la normalidad bien entendida porque ¿qué coño es la norma en la era del chándal, prenda fetiche en las fiestas marbellíes?

Basta con echar un vistazo ahí fuera y comprobar que el mundo cambia muy deprisa y, por una vez, parece que para bien; o tal vez se trate de un espejismo… hasta la enésima metamorfosis del paradigma en los cánones de la belleza.

En ese sentido, el de que no se mueran los feos, la industria del porno dio un primer volantazo con la aparición de Ron Jeremy en Tigresses and Other Man-Eaters (1979) película que le proporcionó una oportunidad de oro a nuestro mantecoso americano preferido, cruce perfecto entre el muñeco de Michelín y el oso de la Puerta del Sol, dotado de un músculo del amor tan prodigioso que le permitía (y no solamente en sus ratos libres) realizarse una felación a sí mismo como el que saborea un batido de vainilla. Y es que Ron supuso una sorpresa para todos, incluida su madre, prolongando durante décadas una carrera que incluye más de 2000 films en los que demuestra que no solo las plumas vistosas hacen bello al pájaro, sino que en ocasiones le permiten desarrollar una personalidad única, atractiva, más propia de un pavo real… con la cara de un bebé nacido por cesárea.

Con la puerta abierta de par en par para lo poco convencional —la talla, el peso y los espejos no tienen tanta relevancia en el C.V. de los nuevos aspirantes— surgirían otros “Expedientes X” de la naturaleza: Ben Dover, Mandingo, Torbe, Evan Stone, Owen Gray o Ramón Armenteros, propietarios de anatomías especiales, vamos, seres humanos con su corazoncito, dos pulmones y un miembro sobredimensionado a los que no tocarías sin con un puntero láser. Porque el porno es ficción y los sueños porno son.

Por desgracia, la revolución antiestética en las mujeres llegaría (más tarde) y propiciada por el consumo masivo de vídeos en Pornhub (2007), supermercado inclusivo del X en el que el ritual de lo inhabitual, impropio en una industria basada únicamente en la imagen de sus protagonistas —reflejo de una sociedad líquida—, seduce a millones de usuarios sedientos por probar la espuma del batido de Ron. Por fin las actrices pueden presentarse al mundo con la cara lavada, mostrar la celulitis típica de la treintena, bajarse las bragas y no sentir vergüenza por un vello púbico abundante y con la forma de un abeto en llamas; en definitiva, permitirse el derecho a ser ellas mismas y no esconderse bajo capas de sulfatos laurillos y bronidox.

Y si la virtud no está en el físico entonces existen dos especímenes a destacar por encima del resto: Mandy Majestic y Sara Jay.

La primera, canadiense de 163 centímetros y 127 kilos en temporada alta, se ha convertido por méritos propios —gracias a una estricta dieta a base de Whoppers XXL y palanganas de Coca-Cola— en la reina de la belleza mórbida, acaparando el protagonismo adiposo en títulos tan fascinantes como Heavyweight Hotties (2012), Pretty Fat #2 (2013) o Massive MILFs 4 (2014), un buffet todo incluido en el que mujeres-mesa camilla se meriendan a hombres de aspecto enclenque y desnutrido.

Junto a ella, y a escasos metros del perímetro de seguridad de Mandy, Sara Jay (Cincinatti, 1977), actriz y directora de aspecto… cuanto menos difícil: orejas convenientemente ocultas, tatuajes “Todo a 100” y una dentadura a juego con los ojos en rombo invertido. Además esta MIWLF* de libro, sucia, hija adoptiva de las señoritas de Avignon, en asociación con unos pechos sobredimensionados ha logrado a los 42 años hacerse un hueco en un mundo dominado por la belleza-bisturí de diosas como August Ames, Nicole Aniston o Kayden Kross, acercar el plató de rodaje a nuestra habitación, trinchera en la que se libra nuestra eterna lucha particular contra las imperfecciones y sus temibles consecuencias. Aceptarlas sería el primer paso para sentirnos menos solos, más cómodos en un cuerpo que se deteriora cada día, pase lo que pase, te llames Ron, Jena, Javi o Belladona.

Por último, consumid porno interpretado por “gente normal” y recordad: lo contrario de la belleza es la indiferencia, nunca la fealdad.

*MINLF: mother I’d not like to fuck

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