Los límites de la ficción


Erotic Museum, Amsterdam. Fotografía de Andreas Dantz (Vía Flikr)
María Díaz Moreno

A causa de mi formación profesional, en la que me enseñaron que el dato debe ser narrado para trasmitirlo a la audiencia, he desarrollado con el tiempo bastante interés por las zonas grises entre los géneros de ficción y no ficción. No soy la única aficionada si se tiene en cuenta el volumen de entretenimiento generalista que se encuentra en las grietas entre ambos campos: desde los reality shows hasta el reciente fenómeno de la autoficción literaria, pasando por el caso de Sálvame, un programa en el que los colaboradores interpretan durante cuatro horas al día un personaje que tiene el mismo nombre que la persona real.

Me pregunto con frecuencia qué percepción tienen los adolescentes de esta línea divisoria, tan difusa en algunos casos. El consumo de medios por los menores está copado por las redes sociales y Youtube, donde la vida personal, la publicidad, el trasmedia y la performance se mezclan constantemente sin saber dónde comienza una cosa y termina la otra. En un mismo canal de Youtube puedes consumir una reseña de un producto cultural, por ejemplo un videojuego, una cata de chucherías raras con el sobrino de siete años del youtuber y un vídeo sobre su última ruptura. A su vez, puedes seguir a dicho youtuber en sus redes sociales y ver día a día qué viste o qué come, bien visible ahí el nombre de la marca, qué opina sobre tal y cual tema y hasta la evolución del tonteo público con la que será su próxima ex y futura carne del canal principal. Añadamos al caldero de la pócima además un canal secundario de video blogs, o vlogs, donde la persona (o el personaje o viceversa) sube su cotidianidad más anodina.

Tenemos entonces una generación de menores con acceso aparentemente ilimitado a todas la facetas de la vida de un ídolo, desde lo laboral a lo íntimo, todo expuesto en un mismo plano. Y todo esto sin la connotación peyorativa que tiene ganar dinero con la vida privada, como le pasaría si diera exclusivas para el ¡Hola!. Pero todo esto no es lo único a lo que tienen acceso ilimitado los adolescentes. La pornografía es un producto de consumo adulto pero, tal y como ocurre con el tabaco o el alcohol, los menores se encuentran con ella mucho antes de lo que a cualquier adulto responsable le gustaría. Y es inevitable.

A pesar del consumo ingente de medios de comunicación de masas no hay una mínima aproximación al lenguaje audiovisual en toda la formación obligatoria, al igual que no hay educación sexual institucionalizada de forma regular y reglada en los centros de secundaria, aun conociendo las consecuencias sociales de esta irresponsabilidad estatal. Y con estos dos agujeros enormes en su formación y en una cultura visual en la que lo real se diluye más y más, los adolescentes entran en contacto con la pornografía. Y aquí hay no escala de grises ni grietas sobre las que teorizar. El porno es ficción. Punto. Sin medias tintas. Esto es así sin importar la estética o el origen que tenga, porque incluso en el porno amateur hay que contar con el carácter performativo o de ficción pactada que tiene el sexo real.

Nadie quiere hablar de pornografía con los menores de su entorno, pero un buen buen punto de partida es sembrar el pensamiento crítico en los chavales para que se pregunten sin excepciones sobre la veracidad de la imagen que les devuelve una pantalla. Es la única forma de asegurarnos una mirada correcta sobre los cuerpos y los productos, ya sean presentados como una pieza informativa, un post patrocinado en Instagram, un tutorial de maquillaje en Youtube o un gang bang.

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