Maitland Ward: el atípico viaje de Disney al cine porno

Maitland Ward en 2014 (Glenn Francis, Vía Wikipedia)
Javier Vidal

Mucho se ha hablado del mal inherente al porno. Que si es un campo de nabos en el que los chicos ejercen su señorío en nombre del euro mientras las chicas se transmutan en meros prolapsos anales; que si es un pésimo ejemplo para las nuevas generaciones incapaces de distinguir entre un polvo telemático y otro en carne viva; que si invoca al demonio en nombre del onanismo desenfrenado…, en fin, un plató virtual con olor a esperma y flujo siempre en el punto de mira del sector reaccionario, precisamente el más guarro de todos cuando nadie lo ve. Sin embargo, poco o nada trasciende del cine mainstream o convencional, ese de las series y las carteleras, espectáculo impuesto a la masa por grandes corporaciones y que invade los iPads de nuestros hogares-cerrojo con el beneplácito del sistema porque, si el gran público así lo demanda, entonces los medios justifican el fin.

Es en esa intersección cuando nuestra protagonista entra en escena: Maitland Ward. Así a bote pronto nadie caerá en la cuenta, pero si decimos “Yo y el mundo” —la serie en la que trabajó dos temporadas— entonces muchos soltarán un rotundo ‘ahhhh’. Correcto. El producto con el sello Disney y protagonizado por Corey, Topanga y sus amigos blanquitos, fue todo un bombazo allá por los noventa y el personaje de Rachel  —una Maitland ahora muerta y enterrada— además de crear tensión entre Erick y Jack servía como ejemplo de la importancia de ser como uno realmente quiere fuera y dentro de la pantalla, sin máscaras ni  profilácticos de por medio. Bueno, pues en 2020, esta mujer de 43 años es una actriz que disfruta practicando sexo duro frente a las cámaras, y además lo hace francamente bien. Lo más curioso es que este golpe de timón se produjo tras las recomendaciones de su representante para que dejara de publicar fotos ”subiditas de tono” en las redes sociales. —Así nadie te llamará, sobre todo pasados los 35. Deberías concentrarte en hacer audiciones para papeles de madre y esposa— le espetó este visionario, un ejemplo más de lo que muchas actrices sufren cada día en un sector supuestamente tolerante en lo que a audiencias se refiere, pero que restringe las aspiraciones y deseos de todas ellas sin excepción (y también de ellos). Aupada por sus seguidores y el exhibicionismo masivo de plataformas como Only Fans y Snapchat, Maitland siguió pelando capas e inseguridades hasta llegar a la conclusión de lo que quería era comer colas                    —preferiblemente negras—, explorar su sexualidad, y además ganar mucho más dinero que con sus apariciones en horario infantil.

Lo más sorprendente de este viaje al extrarradio de Disney es, precisamente, que no suceda más a menudo. Normalmente, el itinerario es a la inversa, y así lo confirman las carreras de Tracy Lords (de “Las aventuras de Tracy Dick: el caso del rígido desparecido” siendo menor de edada compañera de reparto de Johnny Deep), Sasha Grey (de reina malhablada del sexo sucísimo a firmar guiones con Steven Soderbergh), o Stormy Danields (de clase media en el X a escarceo presidencial con Trump), trabajadoras del sexo que terminaron sacudiéndose la letra escarlata a cambio de dar rienda suelta a sus pulsiones creativas, ya sean en forma de arte, dinero o popularidad. Por esa razón resulta incompresible que la ex OT Gisela siga encadenada al reino de la fantasía y no a un dildo, o que Selena Gómez se resista a protagonizar un gang-bang con tal de librarse de los grilletes de una fama para todos los públicos que amenaza con convertir su vida en una cárcel de unicornios y novios con la cara del puto Justin Bieber.

Mi único deseo para el 2021, además de un poco más de salud para todos, es que el mundo del porno sea contagiado por lo mejor del cine convencional y que este último se vaya haciendo a la idea de que la única forma de llegar a nuevas audiencias es incluyendo aquellos comportamientos que se empeña en ocultar a toda costa.   

En cuanto a Maitland, mejor ahora, ¿no os parece?

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