Manchas de pintalabios: breve historia de amor entre la cosmética y el porno

Fotogragía de Ian Dooley (Vía Unsplash)

El escándalo en redes de 2013 en torno a la maquilladora de cine porno Melissa Murphy puso en manifiesto la relevancia del maquillaje como elemento artístico, y por lo tanto narrativo, en la ficción para adultos. Como si de una Cuore edición marrana se tratase, el placer de los lectores de los múltiples medios que publicaron las imágenes del antes y el después de esta maquilladora, consistía en despellejar a las actrices por su supuesta fealdad y criticar a la industria por la estafa. Más allá de la evidente misoginia de estos espectadores, confiados en que a las mujeres les crece la raya del ojo junto a los pechos al llegar a la madurez sexual, la anécdota -que llegó a Murphy a perder su empleo- evidencia hasta qué punto el maquillaje es un canon ya no solo de género social, sino de género cinematográfico. Cualquiera de esas máscaras lacadas que colgaba Murphy en sus redes para promocionarse llamaría la atención en las calles por su extravagante perfección; en la pantalla ante un rollo de papel higiénico se camuflan entre el resto de elementos narrativos.

Sin embargo, ninguno de estos rostros y sus ungüentos vienen dados y son resultado de los subgéneros y el signo de los tiempos. En los inicios de la pornografía comercial, el maquillaje tenía la misma función que en el cine convencional: daba información sobre el personaje y la escena cuando no era una mera cobertura de imperfecciones y brillos de focos. A medida que se fue separando del cine narrativo no pornográfico se dio cabida a las tendencias cosméticas del momento como parte de la ficción. Los cortes de montaje, más evidentes y frecuentes entonces, permitían maquillajes llamativos y su retoque. Los noventa se caracterizaron por las facciones naturalmente esculpidas entre tonos mate como las que creaba Kevyn Aucoin para las supermodelos. Ese componente de glamour y lujo naturales que fue reproducido en el cine de Andrew Blake, tamizado por delineados suaves y polvos traslúcidos. No se rompe ningún molde -labios nude mates para las novias soñadas, rojos cremosos para las devorahombres- pero es sin duda efectivo.

La estética playmate se fue imponiendo a medida que se aproximaba el nuevo siglo: adiós a los tintes matizados y a las cirugías discretas. El ahumado en la mirada y el gloss rosado en la sonrisa se convirtieron en el estándar que aún más de veinte años después seguimos sufriendo como una estética perezosamente vieja pero sin llegar a ser clásica. Las pieles se mantuvieron con el cambio de milenio tan empolvadas como en las décadas anteriores y las pestañas de cierva pasaron a las más regulares, densas y brillantes pestañas de conejita Playboy. Gran parte del triunfo de este uniforme de trabajo -y más allá del porno, de vida para muchas mujeres- se debe a la popularidad del POV (Point Of View) y sus primeros planos femeninos. Los ojos debían estar remarcados en una suerte de maquillaje de cine mudo. El montaje lineal y la cercanía de la cámara al rostro no favorecían los retoques en los labios que necesitan los colores intensos: un perfilador color piel y un brillo trasparente, sello de identidad de Jenna Jameson como lo fue la boca roja de Marilyn, solucionaban este problema.

Fotografía de Ian Dooley (Vía Unsplash)

Otra abanderada del gloss pegajoso e inalterable fue Paris Hilton. One night in Paris llegó con fueza y el porno amateur pasó de motivo de escarnio a modo de vida. Las parejas subían a la red sus coitos cotidianos sin un gramo de maquillaje y aliñados con algún grano hormonal. La mejora de los medios de grabación caseros no alteró esta tendencia: mientras las camgirls se adscriben al millón de estéticas de Internet, cada vez más pulidas gracias al boom cosmético nacido en YouTube, el porno amateur se mantiene como fantasía ordinaria donde hay margen para el defectos aunque no para elementos corrientes como un tampón o un pedo vaginal.

Paralelamente algunos nombres propios dentro del mainstream permitieron la entrada de maquillaje de fantasía, como en algunos títulos de Belladonna como directora, o disidencias estéticas discretas como la de Stoya, aficionada a la piel radiante y a las cejas delicadamente despeinadas. En esta misma línea se mantienen buena parte de las productoras independientes donde son más habituales los productos en crema para el rostro, las bases ligeras y la exaltación de la textura natural de la piel. El resurgir del glamporn en la última década se adscribe, en contraposición al de los 80 y 90, al “no makeup” makeup. Preciosas gacelas de eternos veinte años mantienen relaciones sexuales sin sudar y sin que se les abra un poro. La verosimilitud es erradicada junto con la continuidad y el único margen cosmético para la fantasía es hacer creer al espectador durante un rato que estas mujeres existen. En contraposición, el hardcore al estilo de Mike Adriano utiliza maquillajes muy contrastados y pesados, cuya degradación paulatina forma parte de la narrativa. Se permite y se busca la caída de la pestaña postiza como si la ficción residiese, en parte, en destruir los estándares propios de la misma.

Todo esto confluye y convive con el gran cambio de canon de belleza del siglo XXI, que por sus características era especialmente susceptible de enraizar en el porno. Varias circunstancias, algunas paralelas, otras yuxtapuestas, lo han hecho posible: la migración de las beauty gurus de los blogs y YouTube a Instagram, el nacimiento de marcas y personalidades como Huda o Anastasia Beverly Hills, la popularización del drag, el uso de estéticas racializadas por parte de la cultura hegemónica blanca o el advenimiento de Kim Kardashian como Venus, con Kylie Jenner como sucesora y catalizador de todo lo anterior. El resultado es tan palpable en RedTube como el tagline de cualquier lector de este texto: cejas oscuras y marcadas, contorneados indiscretos en diferentes texturas, perfilados por encima del arco de cupido y pieles muy cubrientes de tono bronceado, ineficazmente vueltas a la vida con el brillo plástico del iluminador. Una estética propia de las muñecas que desbancaron en ventas a Barbie, que toma de lo racializado los elementos que puede convertir en fetiche y que hace apología a partes iguales de los rellenos de labios y vaginoplastias.

Comments (0)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.