Nuestra primera colonia, nuestra primera película porno

Foto de Chris Lawton (Vía Unsplash)
Javier Vidal

La infancia de todos nosotros, adolescentes perpetuos y consumidores incansables de sexo, está compuesta de recuerdos a veces difusos, otras brillantes como el neón que, de una manera ciertamente incomprensible, regresan a nosotros filtrados, envueltos en un adobo que les otorga un gusto de ficción, una pátina de vida ajena que la hace al mismo tiempo nuestra e intransferible.

De entre todos ellos, y por supuesto hablo de mi yo más lejano, se encuentran dos momentos que destacan por encima de los demás, una pareja de purasangres negros entre la neblina de un pasado viscoso: el olor a colonia después del baño y mi primera película porno disfrutada, como tiene que ser, en grupo.

Con respecto al primero no hay mucho más que añadir excepto que el aroma ácido me persigue en sueños y cuando me junto en el ascensor con las hijas de mi vecino David. Y es que yo soy otro, pero la esencia es la misma, una mezcla secreta de agua y limoneno. En lo que se refiere al segundo, la cosa cambia, más que nada porque fue una experiencia de muchos, una jauría de niños de entre diez u once años en un salón a oscuras alrededor de un enorme televisor y con las manos escondidas dentro del pantalón. Como siempre llegué tarde a la cita y tuve que conformarme con las vistas que me proporcionaba el estar encaramado a las rejas de la ventana del primer piso de mi amigo Juanje. A pesar de lo incómodo de la postura y de tener la polla como el acero inoxidable del enrejado que manchaba mis manos, disfruté como lo que era, un mocoso al que se le hacía la boca agua ante el gran Peter North repartiendo amor por toda la anatomía de Jeanna Fine. Por supuesto en aquel momento desconocía los nombres de la pareja, cuerpos perfectos en pleno apareamiento, y mucho menos el nombre de la película, Party Doll a Go-Go 1. Yo solo veía un acto fascinante, a ratos forzado, pero de una intensidad tan brutal que daba igual que Manute, el más desarrollado de todos, eyaculara sobre el cojín preferido de la madre del anfitrión o que Isaac el pelirrojo nos estropeara la escena con su afición incontrolable por los primeros planos.

—¡Apártate, joder!— le gritábamos al unísono.

—Me acabas de joder la paja; estaba a punto… — protestaba El Yanguas.

—Qué mujer, es lo más bonito que he visto nunca en la provincia de Segovia—suspiraba Jaime al tiempo que seguía dándole impulso a su muñeca de tenista.

Y así echábamos la tarde, dejando en aquel lúgubre salón un rastro de hormonas descontroladas, lefa seca envuelta en Kleenex, sudor y algo parecido a un mundo que se descodifica, de igual manera que hacían nuestros padres subscritos a Canal+.

Han pasado casi treinta años desde esa erección. Ahora, en pleno siglo XXI y según el portal Psichology Today, el treinta por ciento del contenido en Internet es pornográfico, lo que implica que el acceso a las páginas para adultos es “algo menos complicado”. De hecho, entre el 70 y el 90 por ciento de los niños con edades comprendidas entre los 13 y 14 años han visto y se han tocado con contenido XXX en alguna ocasión.

Por lo visto nada ha cambiado o tal vez todo es distinto en lo que se refiere al sexo. La industria sigue creciendo, los humanos continúan demandándolo como si se tratara de un elemento imprescindible en sus vidas, y los padres ponen el grito en el cielo sin saber muy bien por qué, quizás por mantener viejas costumbres o negar una realidad, la del principio inmutable del miedo al porno, una ficción que ya no se disfruta en compañía de otros, sino que viene envuelta en el halo de tristeza que acompaña al hecho de estar cada día más solos.

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