Obsesionadas con Owen Gray

Javier Vidal


Y de repente llegó Owen Gray. Así a pelo podría parecer un titular para atraer lectores vagos. Pero ¿qué tiene este chico tirando a alto, hambriento y casi calvo, portador del cuerpo de un alienígena recién salido de unas zarzas, repleto de tatuajes y nacido con un pene-regalo para ser el actor porno más buscado en Internet? Misterio. Porque nada hacia presagiar que la anomalía y la sensibilidad pudieran imponerse en un negocio en el que prima el físico más normativo, los enemas y algo parecido al amor que dura una paja. Bueno, esto es lo que pensamos en
Pin y Porn ya que la opinión más extendida entre los tiktokers se reduce a un seco «¡aj!, ese tío tan feo que folla a cámara lenta». Cosas de la modernidad.

Como casi siempre, la carrera de nuestra fantasía más inefable comenzó de acompañante en los estudios de Kink.com. Allí, entre shibaris y BDSM, el chico raro que miraba mucho porno hizo de extra, protagonizando poco
después su primera escena junto a Beretta James. La segunda fue un gang bang detrás de Ramón Nomar, Toni Rivas y Carlo Carrera, epítomes todos ellos del empotrador latino y brusco. Como debe ser, Owen se limitó a
esperar su turno evitando la competición más alfa, síntoma de que nos encontrábamos frente a algo extraño, único, fieramente humano… y también muy guarro cuando el deseo así lo exige. Superada la desesperación que acompaña la carrera de cualquier actor, tanto porno como convencional, continuó a lo suyo, a poquitos y dejando su reguero,
un poco emo, un poco de nadie más que de él mismo, hasta convertirse en la respuesta más recurrente a la pregunta «¿con quién te gustaría trabajar?». Quizás sea debido a que sus padres aceptan la modificación
corporal y el extravío XXX de su hijo; que la ficción le ha servido para apreciar íntimamente el sexo con su mujer (con la que mantiene una relación abierta); porque habla bajito, con la calma de un misionero de
San Francisco… quién sabe.

Lo que está claro es que Owen posee la extraña cualidad —al menos en la pantalla del móvil— de ir más allá de sus propias necesidades y pensar ante todo y sobre todo en su compañera de reparto. Aquí no se trata de
correrse, servirse de la otredad de la otra, sino de escuchar los cuerpos con su epidermis al completo, pasar un rato comiendo culo y coño, coño y culo, ¡me voy a correr, Owen!, entrar en la vagina después de unos preliminares iniciados 24 horas antes de encender la cámara. No en vano, hay algo en su manera de mirar y de moverse que se desliga de la pornografía y nos conecta con las razones atávicas por las que deberíamos aparearnos sin pensar en procrear.

Como prueba, los 11:52 segundos de sexo apasionado junto a Rion Rhodes; su virtuosismo con el Satisfyer en la
vulva de Anna Foxxx; esa manera de separar las bragas sin ansia, besar con la presión justa la boca de Adriana Rae y eyacular en el interior del corazón. Hay ternura, risas, una complicidad perdida en millones de escenas con alma amateur. Pero sobre todo no hay careta, la actuación queda en suspenso, quizás en los pliegues de las sábanas, testigos voluntarios de que aquí se viene a follar y no a joder. En eso consiste la labor del actor, en fingir pareciendo verdad, en moldear una mentira creíble hasta la pequeña muerte.

Por fin se hace justicia a la palabra amor, concepto desterrado de estos tiempos del todo ya, de este mundo extraño llamado porno. A sus pies, mister Owen. Esta noche nos volveremos a tocar pensando en usted.

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