Odisea 2020: quizás el problema no era el porno

Foto de Ivan Radic (Vía Flickr)
Javier Vidal

Acaba el año y, como viene siendo tradición, somos bombardeados por estadísticas y porcentajes, una suerte de corolario en el que nuestra conducta queda asociada indefectiblemente a los placeres de Internet. De entre todas ellas, las que se esperan con más ansiedad son las de Spotify —¿hay alguien que no las publique en su muro?— y otras que, permaneciendo en la línea de las ingles, nos representan tanto como la música. Lo habéis adivinado, estoy hablando del resumen anual de Pornhub 2019. ¡Todo el mundo en pelotas ya! Porque en estos doce últimos meses, el mayor supermercado de porno ha alcanzado los 42 billones de visitas, que se traducen en 115 millones de visitas al día, 8,7 billones de visitas más con respecto al 2018; 1,36 millones de horas de culos, cuerpos sin cara y magreos que equivalen a 169 años de visionado; 6597 petabytes de datos transferidos y 98.000 amateurs alistados en las filas del XXX gratuito. Las búsquedas se centraron en novatos, ‘aliens’, POV, ‘matures’, ASMR y el dúo Lana Rhoades-Jordi El Niño Polla ha sido el más demandado durante 10 minutos y 36 segundos de intimidad, en la mayoría de casos con el móvil en la mano.

La cantidad de información recogida por el portal y relativa gustos, preferencias, macOS o Windows, a pelo y por detrás —mejor a partir de las doce que los niños duermen— es tan apabullante que uno no puede dejar de preguntarse si la población mundial, a medida que se generaliza el acceso a la red, no irá a sufrir una epidemia de adicción no ya el sexo —aquí cada uno se lo tendrá que trabajar—, sino a su hermano en la ficción. Y es que frente al éxito cosechado por la plataforma en su corta vida —comenzó su anda(dura) en 2007— no deja de sorprender la cantidad de artículos, reportajes de supuestas cadenas serias, charlas de TED TV y ‘think tanks’ en los que se aborda el mal provocado por la ingesta indiscriminada de vídeos para adultos.

Pero vayamos por partes; en concreto centrémonos en el pene. Y es que, según ciertas páginas anti-porno como “Your brain on Porn”, existe una correlación directa entre la disfunción eréctil y el consumo de pornografía. De hecho, cada vez son más las voces que claman al infierno considerándolo un hecho científicamente probado cuando existen varias razones para creer, si no lo contrario, al menos cuestionarlo:

-En primer lugar, el acceso masivo a contenidos X coincide con la propagación de la Viagra —comercializada por primera vez en 1998— y otras pastillas de la felicidad conyugal, lo que ha incrementado notablemente la cobertura mediática —gracias a Pelé—  y por tanto la posibilidad de reconocer en las cenas de Navidad el uso defectuoso de la herramienta.

-En segundo lugar, a nadie se le escapa que en los círculos masculinos la erección se venera por encima del amor y la amistad. Lo que en un principio era un problema que afectaba los mayores de 50 años, se ha ido convirtiendo en una obsesión, incluso para los adolescentes que no dudan en tragar la pastillita —siempre ayudados de un Monster—para no preocuparse por estar empalmados. Ya se sabe que corren tiempos en los que prima la inmediatez frente al sentido común, ahora hinchado durante 24 horas (duras) que se hacen eternas.

Una vez analizado el pene, dirijamos nuestra cólera hacia la cabeza. En el cerebro de hombres y mujeres se activan los sistemas de recompensa asociados al placer. Ellos sienten debilidad por las imágenes explícitas y ellas, en cambio, se decantan por los chats eróticos. El porno online garantiza su anonimato —al menos nadie puede señalarnos por la calle—, erosionando poco a poco la corteza prefrontal, responsable de elementos funcionales como la moral, la voluntad y la capacidad de autocontrol. En definitiva; nos predispone a actuar como niños irresponsables o más bien como seres mucho menos evolucionados que los monos y cuyo patrón de conducta coincide con el de ‘supuestos’ mayores de edad, políticos castos y adultos no consumidores de sexo online.

Mientras tanto, la industria, siempre ajena al debate, sigue alimentando nuestras fantasías y en esos minutos en los que la realidad se ablanda formamos parte de un sueño acorde a nuestras reglas, Xpacio-tiempo repleto de negrazos tatuados fornicando con “petites”, Owen Gray en el interior de Kiara Cole y donde es posible dar rienda suelta a esa pasión oculta por los trans y las embarazadas. ¡Es nuestro propio cielo, particular en la tierra, y entre polvo y polvo de mentira nos aceptamos tal como somos, y la ADSL se hace carne, fluidos, unos y ceros y el sueño termina tan pronto como eyaculamos en el suelo! ¡Basta! La recomendación de las autoridades competentes en materias viscosas es mantenerse a una distancia prudencial de Apolonia, contener la búsqueda diaria de dopamina, siempre al límite de la adicción. Porque si el sexo no se normaliza será por una razón abstrusa que ni Manuel Ferrara ni Elion Musk llegan a vislumbrar. Entonces, con el pene a salvo de Pornhub y la cabeza recibiendo los impactos de un consumo irresponsable asociado al hecho de estar vivos, lo más lógico sería prohibir la pornografía, condenarla al exilio junto a las armas y las drogas, eliminar el goce, la libertad individual y el ardor.

Tal vez este 2020 nos traerá respuestas más razonables a esta compleja problemática, invirtiéndose más recursos en la lucha contra la cosificación a la que se ven sometidas las mujeres en la pantalla (y fuera de ella), educar en el ministerio de la no violencia, mejorar la protección de los trabajadores en un sector que genera en España 400 millones de euros cada año, regular el acceso a Internet de adolescentes y viejos irresponsables e inculcarles el poder del amor, advertirles sobre los riesgos de substituir relaciones personales por teléfonos, compasión por endorfinas, realidad por ficción. Quizás el verdadero problema no sea la pornografía, sino la demonización constante del sexo, el único acto necesario para la perpetuación de la especie. Esa es mi resolución para un 2020 todavía virgen, a salvo de estadísticas y resúmenes, el inicio de un tiempo más preocupado por aquello que las personas llevamos dentro: el corazón… y el otro tatuado en las nalgas de Jena Jameson.

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