OnlyFans, el peligro de la industria del porno

Logo de Only Fans (Vía Wikipedia)
Javier Vidal

Ahora que todo el mundo —en el sentido más terrestre de la palabra— vive su particular viacrucis intramuros, la realidad nos sorprende con un nuevo catálogo de novedades. Las calles imitan un confesionario, los españoles se pelean y las palabras de moda en Internet son bizcocho, mascarillas y se busca ministro —ésta última son tres: un pronombre personal, un verbo y un sustantivo que juntos representan la cólera y el ruido patrios—. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, el consumo de pornografía se ha disparado y Pornhub, nuestro supermercado del follisqueo favorito, ha experimentado un aumento del 63% en su tráfico habitual. Un dato sorprendente: las visualizaciones del paquete Premium se han multiplicado por cinco, pasando de 350.000 visitantes diarios a 1.7 millones. De pronto, el tan demonizado sexo se convierte en onanismo diario (casero), una necesidad básica para sobrellevar la tiranía 24/7 de los niños pequeños, a ese novio-pijama y al tiempo convertido en días y noches, noches y días, días y noches…

Y es que en momentos de crisis surgen oportunidades y ahora, con hordas de desempleados ante un presente que es un futuro ‘glory hole’, los 88.000 millones facturados por la industria pornográfica son un botín demasiado apetecible como para no dar rienda suelta al anhelo de un cambio de manos. Sí, las pajas son las mismas, pero no todos éramos potenciales actores… hasta ahora. Es en este panorama de precariedad mundial cuando se establece un vínculo basado en el binomio placer-interés que tiene en OnlyFans al mayor enemigo de la industria. La red social, creada en 2016, funciona de la siguiente manera: pagas una tarifa mensual de 15 dólares, creas un perfil —preferiblemente a cuatro patas sobre un sillón de terciopelo azul—, y estableces una serie de recompensas ajustadas al bolsillo de los usuarios, el “pay per view” de toda la vida pero en tu teléfono. Lógicamente, a más dinero mayores servicios que oscilan desde fotos en la playa, a otras más íntimas al borde de un dildo o sesiones de sexo aeróbico personalizadas. Aquí no hay ni productoras ni intermediarios ni anunciantes, y el 20% de lo recaudado se lo lleva Tim Stokely, CEO de la aplicación de moda entre los trabajadores más ‘millenials’.

Como en cualquier otro ámbito de la realidad virtual, OnlyFans cuenta con sus propias celebridades. Ahí tenemos a Monica Huldt. La “Miss Swedish Bella” —toda estrella que se precie brilla detrás de un pseudónimo— genera contenido diario que le aporta más de 100.000 dólares anuales gracias a sus suscriptores. La cuestión es que Monica era el típico caso de ‘instagramer’ con muchos seguidores y más dificultades para llegar a fin de mes. Desde que se unió a la comunidad, esta es su rutina de lunes a domingo —aquí no hay días de descanso—: se levanta; sube una foto en lencería cara; responde cincuenta mensajes de sus fans en dos horas; desayuna con su marido y se va al gimnasio a hacer glúteo; vuelve a casa y graba un vídeo desnuda y con un sombrero de cowboy a petición de uno de sus mejores clientes; le cobra 250 dólares; prepara la comida; responde más mensajes y constata que los tíos se quedan tranquilos mirándole las tetas. Cubriendo el espectro masculino destaca Matthew Camp, un maromo de mancuerna cubierto de tatuajes y dotado de una herramienta que es más bien un arma de destrucción masiva. De nuevo encontramos el típico caso de chaval pluriempleado que encuentra en la red una oportunidad para salir del agujero en el que se ha convertido ser joven y aspirar a celebridad… en pelotas.

Este es el panorama, amigos. Poco a poco, y al igual que ocurrió con la llegada del video allá por los años noventa, iremos asistiendo al desmantelamiento de la industria tal y como la conocimos, algo que en principio podría tener aspectos positivos en lo relativo a la protección laboral de los trabajadores y una mayor regulación del sector y que, sin embargo, pone de manifiesto la ‘uberización’ del sexo, una puesta en escena similar a un ‘reality’ en la que el dinero termina en los bolsillos de nuevos ricos con ideas brillantes. Vamos, lo mismo de siempre en otro formato y para fans pudientes.

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