Palabras, títulos e imágenes; no todo va a ser follar en el porno

Póster de Hot Lunch (John Haynes, 1978)
Javier Vidal

Recuerdo aquellos años de pubertad seborreica con una claridad pasmosa, como si de alguna manera un tanto extraña todo se redujera a una habitación pintada de verde pistacho y una colección de películas porno en el armario, un tesoro mío y solo mío, al abrigo de las sucias manos del resto, bandas organizadas a la caza furtiva de imágenes con gente follando. Yo llegué al porno — o quizás fue al revés— en un momento en que la industria del cine para adultos rivalizaba con estrellas de Holywood. Janine Lindemulder, Peter North, Savanah o Jena Jameson monopolizaban con subtítulos nuestras pajas en VHS y papel, y claro, nos olvidábamos de los sugerentes carteles de los cines XXX, de sus tipografías y portadas pegadas a ese oscuro vicio del deseo con un solo propósito: hacer dinero dando placer. Ahora es igual pero en plan casero, rápido, fácil y accesible, y además la reina del hub es una campesina albaceteña llamada Apolonia.

Sin embargo, hubo un momento en que una sola imagen era la trampa perfecta para atraer a las pol(l)illas al interior de una sala oscura. De hecho, en el año 1973 se estrenó “The Devil in Miss Jones”, clásico entre los clásicos, que esquivó la posible censura gracias a un cartel en el que se muestra todo y nada al mismo tiempo, una oportunidad única para ir al infierno… por una buena razón.

Hecha la ley, hecha la trampa. A partir de ahí los creativos comenzaron a ingeniárselas para contar en imágenes estáticas historias obscenas sin parecerlo, haciendo un alarde de imaginación nunca exento de humor, amor hueco envuelto en lenguas, curvas, uves y humedades que se deslizan entre dos agujeros… hasta llegar a prescindir del dibujo y dotar a las palabras de toda su fuerza erótico-festiva.

Con los espantosos años 80 —probablemente la época más aciaga en cuanto a peinados se refiere— el cine X se deshace de la etiqueta “underground” para entrar con fuerza en las estanterías de todo buen padre de familia. El destape es un hecho, la cena está caliente, la dominación es profunda —a pesar de que no incluya a los menores de dieciocho años— y por fin podemos disfrutar de la apoteosis del sexo en la televisión. Como no podía ser de otra manera la falta de imaginación y la producción en serie llegan también a los títulos de la películas, ahora acompañados de fotografías chuscas de sus protagonistas: “Talk dirty to me” (1980) con la arrebatadora Jesie St. James en una “fantasía” de cuatro letras (ropa de encaje incluida), “American Desire” (1981) en la que vemos medio seno lúbrico y un biquini tan grueso como las cuerdas de una guitarra eléctrica o “Playing with fire” (1987) en la que la insinuación brilla por su ausencia y cuyo argumento se desvela íntegramente en la portada.

Como siempre sucede en estos casos, todo se va al garete en el momento en que el cine convencional se convierte en el mayor pasatiempo de la sociedad moderna, y claro, el porno aprovecha para subirse al carro… y despedir a sus creativos. Desde la mesa del despacho —debidamente cubierta de papeles y bocetos— son testigos de como el trabajo realizado durante el “Gulag censor” solo sirve para generar contenido nostálgico en ediciones Taschen. Y es que, ¿para qué estrujarse las neuronas cuando es posible lanzar “Eduardo Manospajeras” (1991), “Pulp Friction” (1994), “Sin Condón” (esta película es ficticia, pero ¿por qué no?), “La Guarra de las Galaxias”, “Polvo Jurásico”, “Más Adentro” o la parodia X de “Los Simpsons” (2011), en la que, gracias a Dios, no hay rastro de Bart y Lisa?

Por supuesto, de nada serviría hablar de tipografías, composición, uso del color, percepción espacial y proporciones áureas en el entorno digital en el que nos masturbamos a día de hoy. Los ceros y los unos han tomado las riendas, el único papel de moda es el higiénico, y quizás dentro de unos años las películas vendrán en un microchip injertado en la sien izquierda, la del mal. Da igual, seguiremos abriendo la boca y diciendo “ahhh” cada vez que tengamos un orgasmo. Mejor con palabras; mitad del que las pronuncia, mitad del que las escucha.

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