El éxtasis colectivo

Passion Victim
Foto de Hernán Piñera (Vía Flikr)
María Díaz Moreno

La Semana Santa, más allá de la religiosidad llevada con mayor o menor fe u honestidad social y propia, tiene un valor apreciable por ateos y creyentes de cualquier credo. Las procesiones son el gran arte escénico popular de España. En ellas los componentes materiales (música, vestuario, escenografía escultura y coreografía) y los inmateriales (la participación y actitud del público y procesonarios, variables según la geografía del país) se juntan para crear una narrativa mayor a la suma de las partes. La popularidad de la procesiones está muy por encima de otras manifestaciones folclóricas como las fallas o la tauromaquia de todo tipo y se encuentra ya muy alejada de la zarzuela, la copla, los autos, las danzas y cantos regionales o los corrales y tablaos.

Sin embargo, las procesiones no cuentan con la simpatía de todos. Más allá de los reparos ideológicos que se puedan tener, el principal problema de apreciación de este arte escénico es su codificación, aunque una vez asimilada la gramática despierta con facilidad éxtasis estéticos, identitarios y místicos (y por tanto eróticos) de gran intensidad. Igual que la danza no es la mera coordinación de unos movimientos ordenados, las procesiones requieren del asistente la comprensión del lenguaje a la vez de la supresión de la racionalidad para abstraerse de lo literal en la performance.

George Bataille define el erotismo como la transgresión del tabú, de lo prohibido. Dicha transgresión está tan reglada como su contrario, actuando como “una producción de la humanidad organizada por la actividad laboriosa.” Se puede violar la ley general bajo ciertas condiciones, en cierta medida, regido por cierto calendario. La transgresión de los tabúes da como resultado el erotismo y las manifestaciones sociales de violencia humana, y en última instancia y por síntesis, la religión.

La convergencia de todos estos elementos se da en las procesiones que, igual que el erotismo y la misma transgresión “es en su conjunto una actividad organizada”. Apunta también Bataille que “el lenguaje no se da independientemente del juego de la prohibición y de la transgresión” y las procesiones, como lenguaje propio, merecen ser analizadas desde esta perspectiva. Antes de la Semana Santa, los creyentes preparan su cuerpo primero con el carnaval, única fiesta de origen pagano del calendario nacional, y luego con la cuaresma, ambos periodos muy ritualizados en un perfecto ciclo de clímax-reposo-clímax.

Foto de Hernán Piñera (Vía Flikr)

Lo oculto sale a la luz y lo público se esconde. Las figuras, entre muros el resto del año, salen a la calle y los fieles invierten los papeles del ágora pública. Se elimina la identidad del penitente, función reservada hasta hace poco a los hombres, y las mujeres, tradicionalmente, se pasean engalanadas con el recato justo que merece la ocasión. Las manolas, con su estricto código de vestimenta, que permite de manga francesa, pero no el escote, la media negra, pero no el tacón alto, constituyen todo un icono erótico peninsular. La joya discreta, la cabeza cubierta, no el rostro, por una mantilla de viuda de Cristo, negra durante la pasión y blanca en la resurrección, en peineta alta para estar más cerca de Dios, son junto con los abanicos de encaje y el cirio en las manos enguantadas, el uniforme exhibicionista de estas procesionarias que cumplen casi con la función de las azafatas de espectáculos. Son vedettes devotas.

Se pasean a los cristos y se llevan al cielo y la audiencia responde con la señal de respeto propia que se le da al hombre en la esfera pública, el silencio y el aplauso de aprobación. La Virgen se engalana y se saca a bailar, y en un paroxismo místico y espectacular, la gente rompe con el grito que habitualmente ha acompañado a la mujer que osa poseer las calles: guapa, guapa y guapa.

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