Porn Wars: los debates feministas en torno al porno en la década de los 70

María Díaz Moreno

Como hemos explicado en Pin y Porn en otros artículos, en los años 70 del siglo pasado la distribución y los formatos de la pornografía audiovisual explotaron, llegando a un número mucho más amplio de espectadores, con “Garganta profunda” como punta de lanza del fenómeno. Esta popularización de la pornografía llamó la atención del feminismo radical, que se preguntó por el papel de las mujeres en la misma, dando comienzo a una serie de debates públicos dentro y fuera de feminismo llamadas las Porn Wars. El feminismo radical, surgido en la década anterior, basa su centro teórico en las desigualdades estructurales, todo un sistema intersecciona con todos los aspectos en las vidas de las mujeres llamado patriarcado.

La más influyente de estas voces fue Andrea Dworkin, autora de múltiples libros al respecto y personaje público en debates televisivos, que trabajó mano a mano con Catharine MacKinnon para crear un marco legal que protegiera a todas las mujeres afectadas, de forma directa o indirecta, por los efectos nocivos que, alegaban, tenía la pornografía en este segmento de la población. Dworkin y MacKinnon definían la pornografía no tanto por su contenido sino por su daño inherente a las mujeres, como un delito de odio a todo el colectivo. Defendían además, junto con otras feministas radicales, que la pornografía refuerza y divulga el mito de la violación, que legitima el abuso sexual alegando que, en realidad, la mujer lo desea.

A pesar de haber sido tachada de gran censora, Dworkin estaba en contra de las leyes antiobscenidad, habitualmente usadas como recurso legal contra el porno, por considerarlas misóginas e ineficaces y defendía combatir la pornografía y sus efectos como una tipología de crimen violento. Incluso cuando se añadieron elementos del trabajo legal realizado por Dworkin y MacKinnon a la ya existente Ley de Obscenidad en Canadá, Dworkin, al contrario de MacKinnon, se opuso a respaldar dicho movimiento.

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Como el trabajo feminista contrario al porno fue una reacción a su consumo masivo en los 70, este movimiento no pudo sino generar otro contramovimiento cuya primera piedra pública fue colocada por Ellen Willis, feminista de izquierdas que criticó con fuerza el movimiento feminista antipornografía y creadora del polémico término “pro-sex”. El feminismo prosex no pone el acento en la explicitud sexual sino en la representación del sexismo, sea en la forma que sea, y lo ataca desde la crítica cultural y no desde la legislación constrictora de contenidos. Esto podría excluir algunas formas de pornografía, aquellas que tratasen a las mujeres como sujetos sexuados y no como objetos sexuales, pero podría incluir anuncios de detergente o de champú. Por estos motivos algunos autores, como Raquel Osborne, prefieren el uso delos términos feminismos procensura y anticensura. Otras feministas adscritas a esta rama son la crítica Camile Paglia, la pornógrafa Candida Royalle, la actriz porno y divulgadora Nina Hartley.

Las principales preocupaciones de estas feministas eran la vinculación del activismo feminista con la censura mediática, la posible repercusión que esto tendría para mujeres en situación de trabajo sexual o con sexualidades marginales así como los dilemas morales que implicaba la doctrina que dejaba de lado el consentimiento de las mujeres a la hora de participar o consumir porno. Este último punto de las propuestas de Dworkin-MacKinnon aducía condicionantes externos para esos consentimientos en todos los casos, por lo que el perjuicio contra la mujer se producía de cualquier forma, ya como espectadoras o actrices porno, y su consentimiento tenía el mismo valor legal que el de una persona sin potestad propia, como lo sería un niño.

Cuando llegó la década de los 80 las objeciones a la pornografía se habían extendido también a todo el trabajo sexual y prácticas como el sadomasoquismo. De hecho, las manifestaciones abiertamente contrarias de buena parte del feminismo a estos reparos fueron azuzadas por el ataque directo a sexualidades disidentes, como podían ser las comunidades lésbicas, bisexuales, trans o BDSM (Bondage-Discriplina, Dominación-Sumisión, Sadismo-Masoquismo). Algunos grupos de acción que se crearon por oposición fueron Samois, un grupo lésbico centrado en prácticas BDSM, o Lesbian Sex Mafia, que se dedicó también a la divulgación en el consentimiento y el BDSM seguro e inclusivo.

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La definición de pornografía compartida por Dworkin y MacKinnon, aun apuntando a direcciones que deben ser señaladas, es tan tendenciosa como las interpretaciones de sus textos y declaraciones que han realizado los opositores a las mismas, delimitando así una manifestación cultural a través en muchas ocasiones, de sus anomalías más que por su norma. Si ni mucho menos el grueso de la pornografía audiovisual es liberadora para las mujeres, tampoco es, en su bastedad, un manual de violencia sexual de género.

A estas objeciones se le pueden añadir los problemas que tienen, tanto la teoría feminista como la mediática, para definir la pornografía, y por lo tanto sus consecuencias. Históricamente, la línea entre pornografía y arte erótico es borrosa, no se puede caer en dicha clasificación: la pornografía de ayer son los clásicos literarios de hoy. Tenemos una idea del “porno” muy concreta pero pornografía han sido desnudos de todo tipo, en todo formato y calidades. El estándar contemporáneo de pornografía audiovisual digital de corta duración y consumida con ligereza en streaming, dice más de la cultura audiovisual de este tiempo que de nuestra relación con el sexo.

Aunque se alegue que todas las formas de trabajo sexual tienen implícita una forma de coacción, la coacción última, la monetaria, es el ingrediente principal de cualquier empleo. La realización personal y la libertad individual tienen un espacio nulo en la mayoría de trabajos y el sexual no tiene por qué ser una excepción en un sistema que funciona con los trabajos forzados de las clases bajas por la supervivencia mínima. Sin embargo, esto no elimina la dignidad de los trabajadores y señalar la falta de libertad de un individuo o colectivo para abandonar una labor sin apuntar al motivo último, no solo es revictimizante, sino además, inútil. Si la pornografía es problemática, y sin duda alguna mucha lo es y por diversos motivos, puede ser considerada como un síntoma social, como los que se manifiestan en cualquier expresión cultural, y no la enfermedad en sí. La prohibición de la pornografía sería entonces ineficaz para erradicar los problemas señalados.

Se pueden considerar las ideas de Dworkin como una herramienta de análisis estructural de la industria pornográfica como un todo. Sin embargo, deja de lado la experiencia de buena parte de las trabajadoras sexuales, así como el amplio espectro pornográfico, sin ir más lejos la pornografía gay, a la que no podemos traducir de forma directa los roles masculino-femenino en activo-pasivo, aunque así se intentase desde su trabajo con MacKinnon, de una forma bastante simplista.

Aunque Dworkin ha sido duramente criticada tanto dentro como fuera del feminismo y, aunque ya se han apuntado algunos de los aspectos conflictivos de su discurso, y muchos han envejecido de forma poco favorecedora, apuntó caminos que ahora son indiscutibles. Mucho antes de que el movimiento #MeToo fuera el estándar del feminismo mainstream, Dworkin escribió en 1998, a raíz del escándalo en torno a Monica Lewinsky, “Are you listening Hillary? President Rape is who he is.” Su obra “Pornography: Men Possessing Women” puede leerse también como una revisión a los factores de desigualdad sexual entre hombre y mujeres desde una perspectiva orgánica, y esto tiene un valor por sí mismo sea cual sea la postura que se adopte respecto a la pornografía en concreto. “Intercourse”, a su vez, ha sido tergiversado de la peor de las formas desde el escozor que provoca siempre la puesta en duda de instituciones, en este caso el coito.

Por otro lado, desde el feminismo “pro-sex”, la atracción de ciertas pornógrafas hacia su profesión puede estar basada en una falsa mística: la pornografía no nos convertirá en sacerdotisas paganas, en diosas de la fertilidad o en cortesanas sagradas. La capacidad emancipadora de la pornografía es similar a la del dinero: incompleta, partidista y narcotizante. Pero esto no es motivo suficiente para plantear un rechazo frontal, radical y en bloque a la pornografía; tan solo comparte defectos con el resto de ideales adultos.

Aunque muchos aleguen que la dicotomía entre feminismos “sex-positive” y “sex-negative” es en realidad la diferencia entre feminismo liberal y radical, lo cierto es que hay feministas radicales que apoyan públicamente la visibilidad de las trabajadoras sexuales y abogan por la mejora de sus condiciones y la reducción del estigma, igual que existen feministas liberales que tiene reparos personales hacia la pornografía, por ejemplo.

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A mediados de la década de los 80, el sexo, en su posición hegemónica en la emancipación de individuos y colectivos, fue sustituido por el dinero. Con la consolidación del conservadurismo institucional y del neoliberalismo, y tras alcanzar el punto álgido de los debates en el marco de las Porn Wars, el feminismo pudo entrar en una hibernación que le permitió transicionar hacia la tercera ola.

El ideario base del feminismo radical fue reintegrado en las bases de los feminismos posteriores por lo que el feminismo radical se convirtió casi en antecesor arqueológico de las nuevas corrientes de pensamiento, como ocurre con el liberalismo clásico en la cultura política, económica, social y hasta científica de occidente. La tercera ola terminó por resignificar la problemática con el postporno, termino creado por Annie Sprinkle. A su vez el trabajo de Dworkin ha seguido influyendo a generaciones siguientes desde diferentes lecturas.

Sin ser el centro del debate como en los 70 y 80, las nuevas olas antipornográficas suman a los conceptos manejados en décadas anteriores con catastrofismo tecnológico (siendo lo nuevo siempre peor por naturaleza que lo viejo), cierto refuerzo de las prácticas sexuales heteronormativas y un alto componente emocional, cada vez más alejado de la academia a la que deberían pertenecer. En la actualidad, los coleteos de ambas perspectivas pueden verse en las propuestas de prohibición de la pornografía en internet en Islandia o el activismo de la feminista china Li Yinhe para levantar la censura pornográfica y sexual en el país.

En cierta medida se puede decir que el feminismo de tercera ola es la síntesis de los puntos de vista enfrentados durante las Porn Wars, un movimiento muy amplio en el que las tensiones entre teoría y práctica, identidad y asignación e, incluso, significado y significante, son una oportunidad no tanto para el conflicto, sino para la reflexión y la puesta en duda.

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