PornHub: arte, porno y campañas publicitarias


La bacanal de los andrios (1640 – 1650), Tiziano (Museo del Prado)

María Díaz Moreno

Hace unas semanas, PornHub anunciaba a bombo y platillo su nueva aplicación, Classic Nudes, donde realizaban una guía sobre algunas de los cuadros pornográficos de las pinacotecas más importantes del mundo, entre las que se encuentran el Louvre, la National Gallery, el Prado, el MET, los Uffizi y el d’Orsay. La guía, disponible en texto o narrada por la actriz Asa Akira, contiene además, en un alarde de diversidad, obras de otras colecciones en una sección batiburrillo compuesta por arte explícito asiático, estudios anatómicos de personas negras y cuadros pintados por mujeres.

Durante los últimos años PornHub ha sido acusado de albergar no solo contenido racista en su web, sino también ilegal (pornografía infantil, revenge porn, abusos sexuales), lo que llevó a la empresa a retirar preventivamente un porcentaje muy elevado de los vídeos disponibles y resulto con la huida de las principales formas de pago de la página. En esta situación, y tras unos meses de repliegue, PornHub ha doblado sus esfuerzos para limpiar su imagen y para ello ha tomado prestado algo de prestigio del cenit de la alta cultura, los museos y las pinturas más famosos del mundo. La aplicación ha causado cierta polémica entre historiadores del arte, divulgadores y los propios museos.

Tanto los Uffizi como el Louvre han amenazado con medidas legales y las obras de ambos museos ya no se pueden encontrar en la web de Classic nudes. Las dos galerías han reclamado la retirada por derechos de imagen con éxito, aunque ambas permiten la reproducción legítima para uso personal o didáctico, supuesta intención de PornHub. Ninguna de las instituciones han lanzado un comunicado al respecto más allá de lo indicado. El resto de museos se han limitado a aclarar que no tienen participación activa alguna en el proyecto.

Lo que no ha sido eliminado, a pesar de la solicitud expresa de la Galería de los Uffizi, es el vídeo promocional donde Ilona Staler protagoniza un nacimiento de Venus similar al de Botticelli. Staler, más conocida en los países bajo el dominio de Mediaset como la Cicciolina, dice en la pieza, con un marcado acento húngaro-italiano, «porn may not be considered art, but some art can definitely be considered porn».

De la relación entre pornografía y arte Cicciolina tiene algo más que unas nociones. Aunque las predecibles notas de prensa al respecto apunten a su pasado como actriz porno y esposa del artista Jeff Koons, lo cierto es que Staler es una artista ella misma. De su época como diputada en el parlamento italiano, destaca la performance en la que se ofrecía para mantener relaciones sexuales con Saddam Hussein para reducir las tensiones territoriales que llevarían poco después a la Guerra del Golfo.

El interés puesto por PornHub en el anuncio no está, por desgracia, presente en la página que promociona. Las descripciones de los cuadros son parcas en datos y tienen un cargante tono pícaro que no funciona tan bien leído como narrado por Asa Akira, que no es precisamente Mary Beard.

Que la factura de la campaña sea más eficaz que la de la propia aplicación se explica al conocer que ambas están gestionadas por Officer & Gentleman, agencia publicitaria habitual de PornHub. El proyecto no tiene noción de quién se dirige, si es que acaso pretende llegar a alguien, y eso provoca guiones irregulares. Aún así, estos son defectos menores en comparación con la perspectiva e intención que hay detrás de la selección de cuadros. Y es precisamente aquí, y no en lo que lacónicamente han declarado a prensa y departamentos legales, donde los museos tienen deber y capacidad de pronunciación.

Tradicionalmente, la historia del arte y la museística han evitado la palabra pornografía y han preferido los más que ambiguos términos como erótico —«exaltación del amor físico en el arte»— o sensual —«que incita o satisface los placeres sensuales»—. La línea divisoria entre estos conceptos ha sido trazada en varios puntos según el momento histórico y lo que consideró obsceno en el siglo XVIII puede ser considerado un clásico erótico hoy. Quizás la mejor forma de delimitar la pornografía —«presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación»— sea la intención inicial en su creación, una función utilitaria que se puede deducir, según el marco de la obra, a través de la documentación del encargo, la recepción pública, los dueños y los espacios donde se expuso o conservó.

Aunque estas variables se tengan muy en cuenta en la investigación académica y se traten con apertura en conferencias o papers, lo cierto es que los museos no se prodigan en la divulgación de estas perspectiva desde las vías más accesibles que disponen. Una búsqueda rápida en los catálogos de los museos mencionado, revisando qué obras clasifican como eróticas, arroja bastante luz sobre la aproximación de cada institución.

Los museos con mayor número de obras bajo esta categoría son el MET (413) y el Louvre (225), ambos con un concepto bastante laxo del término, donde incluyen desde amuletos fálicos hasta las inequívocas láminas de Kitagawa Utamaro. Les sigue el museo d’Orsay, con 114 obras, entre las que se destacan las fotografías de Charles-François Jeandel, obras con 130 años y ya rebosantes de toda la iconografía del porno bondage de décadas posteriores. La National Gallery suma una colección de 104 obras eróticas en su página para consulta que, con incluso una dejadez mayor que el Louvre, componen pechos y bodegones de frutas sin pudor alguno.

Los museos de países católicos parecen ser los más mojigatos —o prudentes— cuando se trata de adjetivar su catálogo. Son solo 11 resultados para el Prado, donde no se incluyen las principales obras de la reciente exposición Pasiones mitológicas o de La mirada del otro, muestra de 2017 sobre sexo e identidades no normativas, donde una de las joyas de la corona fue el estandarte homoerótico que constituye el San Sebastian de Guido Reni. Por último, la Galería de los Uffizi arroja unos tímidos y vergonzantes cuatro resultados donde lo más interesante son una Magdalena penitente y un Hércules renacentista que nos da la espalda.

La comparación entre resultados da una idea clara de las estrategias de ocultación del contenido erótico o explícito por parte de los museos: mientras unos evitan clasificar así sus obras más conocidas, en contra de la evidencia, otros ocultan las imágenes adultas ampliando hasta el absurdo el rango de búsqueda. Ninguno de los museos posee guías especializadas sobre pintura erótica en su fondo disponibles para consulta o descarga.

Entre la lapidación en burocracia y el pasotismo, las grandes pinacotecas del mundo han perdido una oportunidad para dar a conocer su catálogo desde una perspectiva lúdica, abierta y política, así como para poner en perspectiva la arbitrariedad de los juicios morales sobre el arte y su intención, dejando de esta manera que PornHub rellene un hueco con una divulgación artística muy puesta en duda tanto por su factura como por su voluntad última.

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