Porno, política y libertad de prensa: las imágenes de Abu Ghraib

Fotografía de Steve Harvey (Vía Unsplash)
María Díaz Moreno

El 11 de septiembre de 2001 dio inicio en más de un sentido al presente siglo e instauró el terrorismo, en el más amplio significado de la palabra, como orden mundial, y el miedo y horror que provoca fue usado como moneda de cambio durante la primera década del milenio por toda fuerza que tuviera se preciase de llamarse así. La hegemonía del miedo y del horror trajo los protocolos policiales y de seguridad extremos, la paranoia a la guerra bacteriológica, la reducción de los derechos civiles y la erradicación de las preocupaciones sociales. Mientras veíamos la guerra en directo, se cocía a fuego lento una crisis económica mucho más real y letal para las vidas occidentales -si seguimos la torticera lógica del choque de civilaciones- que la amenaza del ántrax o las armas de destrucción masiva. Fue la década de la islamofobia como canon, los controles en aeropuertos, de la «Libertad Duradera» primero y del «Nuevo Amanecer» después. Al tiempo la gente empezó a tener más miedo de que se muriese un conocido en la guerra que a un ataque terrorista y llegaron la desilusión y la vergüenza en resaca de lo que el gobierno norteamericano llamó «técnicas mejoradas de interrogatorio». Pero antes de conocerse el paradigmático Guantánamo, el bochorno de la torturas del ejecutivo de George W. Bush abofeteó a los ciudadanos con documentos gráficos.

Entre 2004 y 2006 se dio carpetazo a uno de los mayores escándalos de la ocupación de Estados Unidos en Iraq: las torturas de Abu Ghraib. Durante estos años se fueron publicando paulatinamente las imágenes de la torturas y su contenido, aunque anteriormente fueron compartidas entre la soldadesca como los souvenirs de unas vacaciones o un meme. Aunque los medios se habían hecho eco desde abril de 2004 de las prácticas que documentaban 74 fotografía y 3 vídeos filtrados por el sargento Joseph Darby en enero de ese mismo año, fue en 2005 cuando la justicia dio carta blanca para la publicación total y no solo las pocas -y más recordadas- imágenes que sirvieron para ilustrar la denuncia pública de los medios. Con esta decisión judicial se abría entonces todo un catálogo del horror.

La condición de las fotografías de Abu Ghraib como material documental y su posible influencia en el fotoperiodismo de guerra es un tema debatido desde prácticamente su publicación. La dualidad que caracteriza estas imágenes desconcierta a los profesionales: por un lado, son reflejo de una realidad que de otro modo difícilmente hubiese llegado a los medios y, por otro, son unas fotografías de marcado carácter personal a pesar de su circulación, primero por las manos del ejército y la web posteriormente. La exposición de unas imágenes tomadas desde la perspectiva del torturador puede dar una imagen distorsionada del conflicto y poner al espectador en el papel de los soldados, en el rol de aquel que espectaculariza el dolor humano y disfruta con ello.


La intención con la que fueron tomadas las fotografías no es suficiente razón para privar al espectador de su visión. El valor documental de las imágenes es innegable y es precisamente esa crueldad con las que fueron sacadas las que aumentan su interés. Retratan no solo las torturas y el trato vejatorio, sino también la actitud de los soldados ante los abusos. Todos ellos se muestran orgullosos, tanto de sus actos, como de aparecer en las fotografías. Caras de satisfacción y alegría ante las más graves vejaciones. La tortura en sí se queda en un juego de niños ante los rostros, algunos femeninos, de normalidad y excitación, que han circulado de mano en mano por toda la soldadesca estadounidense, como excusa de mofa y fiesta. Esas personas disfrutaban de sus actos. Esto no implica que esta gente sean enfermos mentales o sádicos desarraigados de la sociedad. No. Si el soldado, el peón militar, puede disfrutar y alardear de la tortura es porque hay una estructura tras él que lo ampara y que no considera punible los hechos. Tal como explica la escritora Susan Sontang en su reflexión sobre las imágenes: “el horror mostrado en las fotografías no puede aislarse del horror del acto de fotografiar, mientras los perpetradores posan, recreándose, junto a sus cautivos indefensos”. Éste es el detalle que diferencia estas fotografías de, por ejemplo, las tomadas por los soldados nazis en los campos de concentración. En ellas rara vez los responsables de la tortura aparecían retratados. El único precedente que encuentra la fotógrafa son las caras sonrientes en linchamientos a ciudadanos en negros en los Estados Unidos del siglo XIX. En una sociedad en la que el racismo estaba aceptado como norma, un apaleamiento no era un acto del que avergonzarse.

El hecho de que las fotografías no hayan sido censuradas aporta mucha información también sobre la reacción del gobierno americano ante el escándalo. La cúpula estadounidense se lavó las manos ante las imágenes. Donald Rumsfeld, a la sazón Ministro de Defensa de los Estados Unidos, comentó que éstos eran actos aislados hechos a cuenta y riesgo por los encargados del turno de noche de Abu Ghraib. Sin embargo, las fotografías no dan constancia de la vergüenza o la clandestinidad propia del que se sabe fuera de la ley. No, ellos no estaban haciendo nada malo. Cumplían órdenes. A pesar de que Rumsfeld fue destituido de su cargo y de que se conformó una comisión de investigación, las aguas pronto volvieron a su cauce. Ningún alto cargo se refirió a estos hechos como tortura, como bien expone Sontang. El mismo Ministro de Defensa y el Presidente, George W. Bush, consideraron en público que los actos cometidos en Abu Ghraib y en otras prisiones iraquíes y bases estadounidenses no entran en la definición de tortura. Es, en resumidas cuentas, la reacción de una institución que no se avergüenza, que se sabe segura en su posición y que no se siente responsable de ese sufrimiento humano. Con la permisibilidad mediática que hubo en Estados Unidos queda demostrada la ausencia de algún sentimiento de culpa por parte de los dirigentes de Washington. La libre circulación de este material es necesaria para sacar conclusiones contextuales.


En cuanto al propio contenido de las fotos, en el sentido más simbólico e iconográfico, la referencia a la pornografía es obvia. Ya no solo por las propias torturas, de marcado carácter sexual (las violaciones con objetos, masturbación forzosa) si no por la representación de las mismas en las fotografías. Bajo el fetiche del uniforme se representan escenas de claro corte sadomasoquista y orgiástico, por no mencionar las humillaciones basadas en el travestismo, la urofilia, la coprofilia, bondage y tortura genital. Unas imágenes que parecen tener más bien poco que ver con las técnicas mejoradas de interrogación, tal y como las llamó el gobierno de Estados Unidos, si no con el cumplimiento de fantasías (colectivas e individuales) amparadas en protocolos de tortura militar.

La representación femenina en la pornografía lleva cincuenta años levantando apasionados debates sobre su papel en el patriarcado y han tirado de ella en todas direcciones. Las nuevas corrientes de pensamiento feminista sin embargo pisan firme en la radicalidad política mientras realizan filigranas prácticas y teóricas respecto a las «guerras feministas por el sexo», sabiendo que ni las clásicas posturas de censura o integración son herramientas válidas. La presencia de mujeres en las imágenes de Abu Ghraib es entonces fundamental para entender la verdadera naturaleza de las imágenes. Mujeres que sonríen para la cámara, mujeres que pasean a sus perros iraquíes por el suelo de la prisión.

El uso de imágenes eminentemente violentas como material pornográfico no es nuevo. Muchos artistas han explorado esta violencia del sexo presente hasta en el porno mayoritario, ya no desde lo moral o inmoral que pueda resultar, sino como herramienta para romper las barreras de género. En esta línea ha trabajado durante muchos años la artista, escritora y escritora Diana J. Torres, que proyecta imágenes violentas publicadas en los medios, como ejecuciones de soldados rusos, como complemento de su performances de contenido político y sexual, bautizadas bajo el nombre de pornoterrorismo. Como explicó ella misma en una charla sobre su libro homónimo «Pornoterrorismo» (2011, Txalaparta) en el Museo Universitario del Chopo (México D. F. 2003): «La censura de los sexual me parece una de las más graves por absurda y porque todo el mundo acuerda con ella. El 99% de las personas no quiere ver tetas en sus televisores antes de las doce de la noche, pero sí quieren, y no les importa nada, comerse con los telediarios toda la sangre de las guerras que organizamos en otras partes del mundo. Es decir, ¿dónde está el límite de esa pornografía implícita de lo que sale en las noticias?». Torres destaca que toda la censura que se ha impuesto sobre su trabajo ha sido por ofensa sexual, incluso cuando el mensaje político último era radical o la obra albergaba nula intención de despertar deseo.

Esta mezcla de vida privada/sexual con la documentación (involuntaria) de un conflicto viene de la mano de la evolución de la tecnología digital, pero también con el fenómenos de las redes sociales o cómo la vida comienza a ser vida cuando es compartida con tus semejantes. Esta es la razón por la que comenzó la circulación de las fotografías y también la causa de las sonrisas tirantes de los soldados, todo un gesto de aquel que posa para dar fe de que estuvo ahí. ¿Qué hacer entonces con imágenes de esta naturaleza? La libre emisión parece la opción más acorde con la cultura política occidental. Debemos pues poner el acento en el tratamiento y no en la distribución. Es responsabilidad de los medios tratar a los humillados de las fotografías con todo el respeto posible y labor de las autoridades perseguir las publicaciones que realicen apología de las vejaciones. Lo que nadie puede prohibir es un (vergonzoso) trozo de la historia.

Comments (1)
  1. Avatar
    Abraham Edgar Escuredo Augusto 25 noviembre, 2019, 1:50 pm

    Exacto, donde se discierne el horizonte entre violencia y pornografía? (Documentalmente hablando). Siempre me encolerizó como EEUU esconde muy bien sus meteduras de pata debajo de la alfombra, que nunca acaba de llenarse del todo, y hacen lo posible por, si en el caso de que no cuela, las normalizan.
    “Son terroristas, nos hubieran echo exactamente lo mismo a nosotros…”
    Y cuando digo EEUU me refiero a el pensamiento colectivo de muchos países en general.

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