Porno sin cara, porno sin alma

Escultura de Seo Young-Deok, Art Miami 2018 (Vía Flikr)
Javier Vidal

Existe una nueva tendencia en el porno amateur que se extiende como la gonorrea por los principales portales de contenido X. Y no me refiero a hombres cetrinos gimiendo en escorzos imposibles mientras reciben una lengua-piolet en el ano, o a esos pasajes bizarros de cópulas sobre una tabla de skate con mar al fondo, ni siquiera a esas parejas que han convertido su vida sexual en un asunto de todo el mundo en el que el sexo detrás de la cámara no es más que una simple anécdota gastronómica… No.

Me refiero, y sé que los lectores más suspicaces ya se lo imaginan antes de que lo deje por escrito, al sexo sin caras, aquel donde los pajilleros somos testigos de la anatomía al completo de los participantes —tatuajes, cicatrices, la decoración entre chic y elegante de sus viviendas unifamiliares con ventanales a la rue de Lombard en París o a Park Avenue de Nueva York incluidos—, y sin embargo, en un esfuerzo un tanto incompresible, sus rostros, simples puntos borrosos en la pantalla, desaparecen para convertirse en seres supuestamente anónimos.

Al principio creí que se trataba de una versión pasada por profiláctico acuoso del POV, sigla para referirnos al vocablo anglosajón “point of view”, en el que dejábamos de ser testigos para pasar a la acción… entre comillas. Agradecí el esfuerzo por innovar en un mercado tan saturado, pero nunca conseguí hacerme a la idea de que semejante cuerpo y pene pudieran pertenecerme, a mí o a cualquiera de las personas que he visto desnudas en los últimos años. Más tarde, a medida que disfrutaba de este sexo por fascículos, fui familiarizándome con los personajes en cuestión: sus hábitos alimenticios, su nacionalidad —gimen siempre en sus lenguas maternas—, sus preferencias horarias para grabar unos vídeos muy bien editados… En definitiva; ver sus caras implicaba un exceso de información a todas luces innecesario porque me había colado en los rincones de su intimidad, incluso en aquellos que nunca pretendieron mostrar. Y daba igual que utilizaran pseudónimos, o que cortaran el metraje en el que existía el riesgo de revelar el color de sus inexistentes miradas… el misterio había desaparecido.

Fue en ese momento que me plantee la cuestión a la que nos enfrentamos cada vez que debemos tomar una decisión con consecuencias para nosotros y todos los demás: ¿por qué? ¿Es que de esta forma sus identidades no quedarían expuestas a la comunidad pornófila o lectora de prensa deportiva? ¿Demostraba un cierto temor a que sus familiares pudieran reconocerles en pleno acto? ¿Es acaso una persona sin cara menos persona? ¿Se trata de nueva tendencia con las horas contadas por la falta de exposición y el auge de Instagram?

De alguna manera, un poco incomprensible y fascinante, esos jóvenes delgados y fértiles en su afán de acercar el sexo a la clase trabajadora se olvidaban de existir, dejando tras de sí un reguero de semen seco entre los dedos, un recuerdo vago e intrascendente, una performance de sexo desnaturalizado por el simple hecho de no mostrar aquello que nunca somos capaces de olvidar: los ojos y el brillo que los acompaña siempre.

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