Porno y nazismo

Javier Vidal

Es la estrella de las últimas semanas. El nazismo desprovisto del ¡Heil!, los nazis patrios y las cosas de nazis ocupando todas las portadas, los rótulos del programa de AR y los hashtags más violentos. Frente a esa tendencia a la derecha de la derecha se produce un fenómeno de blanqueamiento —ojala fuera anal— por parte del poder más rancio con el fin de ocultar la verdad, sea lo que sea que signifique este palabro a estas alturas (o bajuras). Así, podemos asegurar sin miedo a equivocarnos, que estamos asistiendo al cénit de la pornografía en el Congreso, en la fibra, en la vida que mima nuestra ficción favorita, una explícita, extrema, opaca.

Sin embargo, no se trata de un fenómeno novedoso. Todo lo contrario. La relación entre nazismo —ideología antidemocrática, totalitaria, autoritaria y racista envuelta en trajes de Hugo Boss— y la pornografía se gesta en el mismo momento en que Hitler llega al poder el 30 de enero de 1933. Y es que si el cuerpo humano (con genes arios) es capaz de concebir una imaginería de influencers estéticos y sexuales y establecer la pauta en cuanto a la percepción que el III Reich imponía dentro y fuera de sus fronteras, el cine para adultos se incluye en la fosa común de las artes degeneradas, Paul Klee y Jesse Owens mediante.

En un principio se pensó que las «películas Sachsenwald», bautizadas en honor a los bosques de sus decorados, respondían al bélico propósito de debilitar al enemigo, mantenerle con las manos ocupadas mientras Polonia era invadida. Según el escritor Thor Kunkel, la razón se encontraba bajo tierra: sexo sin censura interpretado por miembros de la asociación naturista «Bund für Leibeszucht» (Asociación para el Cultivo del Cuerpo) a cambio de hierro sueco y petróleo tunecino, materias primas muy escasas durante la guerra. Existe otra opción más plausible que las dos anteriores, aunque todavía no demostrada: Goebbels, Heydrich, Göring y compañía disfrutaban tocándose entre sesiones de gas y partidas de Juden Raus. Hitler, por su parte, prefería acariciar a su perrita Blondi. Entre los títulos conservados por coleccionistas sin cara ni nombre destacan «Der Fallersteller» (Cazador con trampas), «Frühlings Erwachen» (El despertar de la primavera) y «Waldeslust» (El bosque del placer). Rodadas en 1941, estas películas muestran escenas de sado entre pinares, tríos bajo la atenta mirada de los mirlos y palizas con marcas de esvástica. Por supuesto, el gobierno alemán y los historiadores poco saben al respecto; declaran que se trata de leyendas urbanas con fondos bucólicos financiadas por la cara oculta del mal, es decir, la que todos queremos ver.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1945) la onda expansiva de estas obscenidades en fotograma —las otras dejaron dieciocho millones de muertos entre judíos, civiles, discapacitados, gitanos y homosexuales— alcanzaría de lleno a los adolescentes del nuevo estado de Israel (1948). En 1961 y coincidiendo con el juicio a Adolf Eichmann, organizador y responsable directo de la Solución Final, salen a la luz las atrocidades cometidas por el régimen nazi, narradas por el elocuente asesino y sus emocionados supervivientes. El resultado es tan insólito como predecible. Y es que en la década de los sesenta irrumpen los stalags, folletines pornográficos de moda entre los descendientes de Auschwitz​ y Treblinka. El argumento se repite en las ochenta novelas editadas —la primera, «Stalag 13», despachó 70.000 copias— y es, sangre arriba, sangre abajo, el siguiente: un grupo de pilotos americanos es capturado y hecho prisionero. Las malévolas guardianas de la prisión, calcos de Irma Grese (La Bella Bestia) e Ilse Koch (La Zorra de Buchenwald) peinadas a lo Jane Mansfield, aplican las torturas habituales de los campos de concentración. Al final y sólo en la ficción, el binomio dominatrix-sumiso se invierte y los soldados consiguen liberarse. Eso sí, en lugar de huir por un agujero en la pared deciden vengarse de sus captoras mediante violaciones en grupo, mutilaciones y algo parecido al sexo con odio. Fin. El horror gana, pero también los buenos.

A juzgar por la gran cantidad de fotografías eróticas de la época, resulta paradójica la obsesión de los nazis por el desnudo integral —empleado de la misma forma con la que los cristianos adoptaron ciertos aspectos del paganismo— y la repudia, al menos pública, de las libertades sexuales. De esta forma, el coito es el vehículo del pueblo para suministrar mano de obra al régimen, una pieza más en el engranaje hacia la dominación mundial. Pero ¿qué hacemos con el deseo?, se preguntarían los oficiales ante las atractivas jóvenes judías que descendían de los vagones de tercera.

«Si tu ojo te hace pecar, arráncatelo». Esta es la solución que propone San Mateo para burlar las pasiones. Los nazis optan por la alternativa más radical de todas: arrancárselos a sus víctimas y dar rienda suelta a la imaginación y la mirada sin que nadie lo vea. Puro 2021.

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