El selfie y la nueva pornografía


Figura de cera de Kim Kardashian tomando una selfie expuesta en el Museo Madame Tussauds de Londres (vía Flikr)
María Díaz Moreno

Una sugerente pose en el espejo de un cuarto de baño. Una blusa abierta y unas bragas algo abultadas por el vello púbico. En el marco del espejo se refleja el dispositivo que toma la fotografía. Parece ser una imagen creada para el disfrute de un número limitado de personas. Sin embargo, varios miles lo han visto y han trasmitido su conformidad estética al respecto pulsando un corazón. Por supuesto, el acceso a los medios tecnológicos que permiten crear y distribuir esa imagen determina su existencia; si se puede, se hará. Pero ¿qué lleva a una persona anónima a romper los límites del pudor impuesto, de manera gratuita, exponiéndose al acoso y a los prejuicios que conllevan la imagen pornográfica?

La primera fase de democratización de la imagen pornográfica pasó por la reproducción casera y luego por la producción para el consumo propio. Pero aquellas primeras tentativas no tenían medios de distribución mas que el intercambio mano a mano entre matrimonios, llamados en su momento, liberales. Con la llegada de Internet a los hogares, de lo primero que se hizo fue violar todos los copyrights posibles y llenar el mundo de pornografía. Pero no solo de las grandes estrellas. Parejas anónimas se han convertido en verdaderas celebridades en su nicho de espectadores colgando sus coitos regulares y comunes, no por ello menos ficticios que cualquier otro.

Las plataformas de distribución migraron casi por completo a la web y se crearon nuevas vías que no existían hasta el momento. La pornografía mainstream sufrió un cambio total y a través de este crecimiento económico explosivo, la industria lideró cambios tecnológicos a la medida de sus necesidades, se involucró en campañas políticas y exploró diversas formas de la imagen pornográfica. El éxito del amateur propició la réplica de la estética con intérpretes famosos desde productoras generalistas, aunque también se crearon otras especializadas. La combinación de esta nueva imagen con el paulatino endurecimiento de las prácticas sexuales, o la presentación de prácticas más bien convencionales con un nuevo y más sucio envoltorio, llevó a la inevitable creación del gonzo. Este subgénero resultó especialmente rentable: el público consumía un POV con un sello personal antes inédito y la sensación se realidad era más tangible que en escenas más producidas; a su vez, las empresas responsables apenas sí tenían que invertir en la creación de las piezas, más bien debían apostar por actores y actrices con la actitud correcta para el subgénero, verdadero valor de producción en el gonzo, y esperar sentados el dinero.

Espoleados por la baja inversión y la alta rentabilidad de estas nuevas formas de pornografía, muchos fueron los que animaron a ello con pequeños capitales y un gran hambre de bajezas. La competencia entre pequeñas productoras aumentó y la forma de salir al paso fue la pauperización de las condiciones laborales de los intérpretes, especialmente las actrices, en muchas ocasiones víctimas de abuso laborar y sexual y del incumplimiento de la normativa profesional básica. En línea con esta precarización, se crearon profesiones como el de webcamer que, bajo la apariencia de empleo autónomo, es el trabajo sexual peor pagado, en el que los empleados pueden ganar céntimos por contacto, ya que las plataformas mayoritarias se quedan con casi todas las ganancias por el mero servicio técnico.

Mientras todo esto ocurría, a mediados de los 2000 otros forjaban, asentaban o reinventaban su fama y fortuna a golpe de sextape. El empujón de popularidad de ese porno amateur, fortuito o no, instauró por completo el reinado de los influencers. Con el caso de Kim Kardashian como paradigma, estas celebrities se alejan en cuanto pueden de la imagen pornográfica dura para labrar su capital de la mano de las marcas a través de un erotismo mas público, que no mayoritario, que el ofrecido por el porno, tal y como lo entendemos. Streapers, modelos eróticas y una variado compendio de trabajadores sexuales abandonan el sexo explícito como forma de vida para usar la imagen pornográfica como herramienta para conseguir el patrocinio de las empresas. Estas personalidades rompen la barrera del erotismo público autoproducido y, ganando millones con este nuevo subgénero de pornografía de consumo asumible, abren el camino para miles de imitadores anónimos.

Al mismo tiempo, muchos actores porno, especialmente de nuevo mujeres, deben completar sus bajos ingresos con las webcams o con técnicas más de influencer, como el patronazgo directo en páginas como Onlyfans, un sistema usado por actores de muy diferente caché. Los intérpretes porno de mayor prestigio además se decantan por al exposición en redes sociales y su consiguiente monetización y blanqueo de imagen. Ejemplos de ello son, verbigracia, Manuel Ferrara, que realiza streamings de Fornite desde Twitch, o Katana, de la que podemos escribir un diario con su dieta y los productos que consume a través de sus stories.

Este es el campo abonado en el que crecen los pechos censurados de la forma más atractiva posible, los culos que nos desean feliz lunes, las cinturas recortadas por la luz mañanera de camino al #workout, las sugerentes pompas de saliva para los más afilados. Una tarea que han dejado atrás muchos trabajadores sexuales mientras han sido relegados en ella otro tipo de autónomos de la apariencia, creando todo un degradado de grises en torno a la imagen pornográfica, un camino que millones de personas patea a diario, quizás alimentando la esperanza de una vida mejor por el valor de unos cuantos corazones.

Comments (0)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.