Tamara de Lempicka, mujeres bonitas y coches rápidos

Autorretrato en un Bugatti verde (1929)
María Díaz Moreno

Poco se sabe de los primeros años de la acaudalada pintora, ni el lugar de nacimiento ni el año exactos. Se cree que su vocación artística se despertó a edad temprana, azuzada por el Grand Tour realizado por con su abuela, cuando conoció la obra de los maestros del Renacimiento que influiría con fuerza en la suya propia.

Si los primeros años de vida de Tamara de Lempicka, Maria Gurwik-Górska de nacimiento, son poco claros, las principales características de su personalidad que nos han transcendido parecen propias de leyendas urbanas o un sofisticado servicio de prensa. Casada muy joven con una vasta dote, Lempicka huye de la revolución rusa a París junto a su marido, al que consiguió sacar de la cárcel a cambio de favores sexuales. Allí, en el hueco donde confluyen la alta sociedad y la bohemia, Tamara de Lempicka construyó el grueso de su obra y su imagen pública. Pronto se la solicitó como pintora de la gente bien y como socialité por sí misma. Su adicción a la cocaína la ayudó a cumplir de forma muy diligente ambas funciones, compaginadas con la maternidad de su única hija, Kizette.

Un cuadro de Tamara se representa en general como un bajorrelieve de una sola figura de volúmenes poderosos que llena todo el campo del lienzo, hasta el punto en que, a menudo, la cima de la cabeza está cortada por el borde superior

Germain Bazin

Las pinturas de Tamara de Lempicka son la quintaesencia de art decó, un arte decorativo y lujoso en oposición a la austeridad del periodo de entreguerras y tras el crack del 29. Continuación natural del art nouveau, el art decó compartió tiempo con las vanguardias sin ser parte de ellas; mientras los -ismos artísticos se dedicaron a deconstruir la historia del arte y a crear manifiestos, el art decó abrazó el academicismo y la función ornamental del arte sin ninguna pretensión política. A estas características generales, Lempicka le añadió una ligera influencia cubista, legado de su maestro André Lhote, cuyo influjo se puede percibir en los fondos urbanos de sus desnudos.

La sensualidad rotunda de sus pinturas eróticas se caracteriza por desnudos, principalmente femeninos aunque también realizó algunos masculinos, de aire elegante y sofisticado y cuerpos atléticos. Los volúmenes contundentes y en forma de sus cuerpos se miran en el reflejo de Bronzino o las sibilas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Esta densidad corporal fue resumida por el historiador del arte Germain Bazin de la siguiente forma: «Un cuadro de Tamara se representa en general como un bajorrelieve de una sola figura de volúmenes poderosos que llena todo el campo del lienzo, hasta el punto en que, a menudo, la cima de la cabeza está cortada por el borde superior.»

Las miradas lánguidas y femeninas de sus protagonistas poseen ciertos ecos, a su vez, de las de Botticelli. La influencia renacentista puede encontrarse también en su paleta, de colores puros y vibrantes pero limitados, con especial mención al azul lapislázuli y al rojo vivo, usados como complementos a un rango de tonos neutros y como contrapuntos entre sí.

Su cuadro más famoso, Autorretrato en un Bugatti verde (1929), sin ser un desnudo, es el fundamento mismo del arte erótico de Lempicka. Homenaje al fallecimiento de la bailarina Isadora Duncan, Autorretrato en un Bugatti verde es una especie de proclama feminista liberal donde la mujer alcanza la emancipación a través del dinero, el sexo y una actitud indiferente a la opinión ajena.

Todas las características propias de su obra terminaron por formar parte de a su imagen pública: los desnudos de ambos sexos, la evidente despreocupación de su arte, sofisticado, técnico y desprovisto de ideología aparente, la impúdica sensualidad de sus mujeres ricas. Tamara se perfiló como una desenfrenada bisexual amante del lujo y los excesos que conducía a toda velocidad de la última fiesta a la próxima orgía. Esta vida, sea real o narrativa, la llevó al divorcio con su primer marido. Tras esto, fue amante del barón Kuffner, cuya relación formalizarían al quedar viudo varios años después.

Su éxito personal y profesional la llevó a ganar mucho dinero mientras la crítica de arte la tachaba de lasciva e inmoral. Sin embargo, no solo de desnudos compuso su obra; también trabajó mucho el retrato por encargo y tuvo una aproximación al tema religioso, ahí donde interfiere con lo corporeo, exploración que resultó en algunas de sus mejores obras, incluido su lienzo favorito, Madre Superiora (1935).

El matrimonio se refugió en Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, donde continuaría con su actividad, aunque ahora con más éxito como animal social que como artista. El gusto tras la contienda había cambiado, y Tamara de Lempicka se permitió explorar otras vías que el mercado no le había permitido hasta ahora: experimentó con el surrealismo y la abstracción e introdujo las naturalezas muertas entre sus temas. A pesar de ello, la pintora no obtuvo en ningún momento el éxito de su época parisina.

La pintura de Lempicka ha requerido de tiempos más próximos a su pensamiento y tiempo para ser de nuevo apreciada. Durante la década los noventa del siglo pasado, su obra se revalorizó económica y socialmente, con la compra de originales bajo capital hollywoodense. Posiblemente el caso más paradigmático sea el de Madonna, en la que el influjo de Lempicka es más que claro en su estética y explícito en el videoclip de Open Your Heart (1990). Autorretrato en un Bugatti verde puede considerarse el retrato de Dorian Gray de la cantante, una imagen inmutable que representa todo lo que ha sido, es y será.

Comments (0)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.