Tetas de monja: la Virgen de la Leche y lactancias místicas

Passion Victim
«Virgen de Melun» de Jean Fouquet, 1450 (Vía Wikipedia)

Para que maméis y os saciéis de los pechos de sus consolaciones; para que ordeñéis, y os deleitéis con el resplandor de su gloria.

Isaías 66:11
María Díaz Moreno

El principal papel de la Virgen María en el cristianismo es el de madre de Jesús, y así es representada en la gran mayoría del arte sacro: madre doliente en la perdida de un hijo, madre orgullosa en la adoración de los magos y madre cuidadora con el niño. La imagen que más refuerza esta última faceta es la de María dando el pecho, la llamada Virgen de la Leche. Tan importante es este matiz, que se sospecha que la primera representación mariana en las catacumbas de Priscila sea efectivamente en forma de madre lactante. Habitualmente se interpreta esta figura, así como otras similares pero menos explícitas en el rol de cuidadora, no solo como elemento humanizante, imagen de consuelo y amor, sino también como metáfora de María como Madre Iglesia, organización mediadora entre Dios (a través de su cuerpo llega el Nuevo Testamento) y los fieles, a la que además pueden acudir como intercesora ante “instancias superiores”, reproduciendo así en las instituciones religiosas estructuras familiares.

Las discordancias dentro de la Iglesia durante los primeros siglos del Medievo sobre la importancia de la Virgen dentro del dogma cristiano hicieron que esta iconografía cayese en representación, manteniéndose sin embargo en el arte bizantino. Cuando la figura de María se vindicó y afianzó a lo largo de los siglos a través de la teología de los padres de la Iglesia, la imagen migró de nuevo a occidente con mayor fuerza. La Virgen, como persona de adoración y metáfora encarnada de las virtudes cristianas y el concepto social de Iglesia, se convierte poco a poco en una de las características del catolicismo que lo diferencian de otras cristiandades, especialmente tras la Contrarreforma. Así pues hay múltiples ejemplos de vírgenes de la leche en el arte bajomedieval que no se pueden interpretar con rasgo alguno de mojigatería.

«Virgen de Tobed», siglo XIV (Vía Wikipedia)

Sin embargo, como se indicaba anteriormente, María no es, en el dogma y arte cristiano, solo madre y figura de rezo, sino también un símbolo que explica a los fieles su posición como hijos-siervos ante Dios. De esta forma, los artistas reaprovechan en María metáforas visuales paganas (no son más que una reinterpretación de la Isis lactante), para explicar nuevos paradigmas. La alegoría romana de la Caridad, virtud cristiana donde las haya, eficaz y autoexplicativa (una bella joven saca un pecho para alimentar a un viejo preso) tiene su traducción en una de las iconografías más extrañas y explícitas del arte sacro: la lactación de los santos.

El cristianismo, y el catolicismo en particular, tiene marcados rasgos que sirven como exorcismo y control social; estos son el canibalismo y el fetiche, que tienen ejemplos claros en el rito de la comunión y la adoración de las reliquias. En una religión donde los creyentes se comen el cuerpo de su deidad y se realizan peregrinaciones para rezarle a un prepucio disecado, la relación entre paz y horror físico, entre espiritualidad y cuerpo, es muy fuerte. Y el paso natural, tras la contemplación de los misterios de la muerte y la masa, es la sublimación de esos miedos a través del arte y el erotismo.

La lactación de los santos, o lactancia mística, no es más que la unión de todos los elementos antes mencionados. Se trata de una representación iconográfica, en la que la Virgen, con o sin niño, ofrece la leche de su pecho como alimento espiritual a un santo al que se ha aparecido. Aunque el ejemplo más extendido es San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia y teólogo mariano, también es frecuente en la representación de otros santos vinculados a la figura de la Virgen. La historia cuenta que a través de una aparición, en la que dirigió leche de su pecho a la boca del santo, María proporcionó a San Bernardo el don de la elocuencia necesario para defender y predicar el dogma sobre la maternidad divina de la Virgen. La mayoría de los cuadros que reproducen este suceso lo hacen colocando ambas figuras en la distancia y las diferencias suelen estar en si la aparición se trata de un acto público, con testigos de la Iglesia y el santoral, o bien si es un momento de intimidad producto de un trance en el rezo. Con esta sola dimensión se puede trazar un línea clara en las interpretaciones que pueden suscitar las imágenes. Una tercera vía es en la que el santo mama directamente del pecho junto al niño Jesús, a veces también con testigos, en una especie de perversión de la alegoría de la Caridad. A diferencia de la original, el cariz torticero está en que el santo no se alimenta desde la necesidad física, sino desde el lujo.

La versión masculina de estas imágenes se corresponde a apariciones de Cristo crucificado ofreciendo sangre de su costado a alguna santa, como el caso de Santa Catalina de Siena, también Doctora de la Iglesia, como vínculo de unión espiritual o carnal. No hace falta buscar mucho para ver su traliteración erótica en «Drácula» de Bran Stoker, donde es muy evidente que Mina bebe la sangre del vampiro desde su pecho como metáfora de la felación. Ambos fluídos, sangre y leche, manados de estas figuras religiosas, son el símbolo del alimento espiritual, el consuelo del alma y vías de purificación de los fieles. Hay múltiples representaciones medievales en las que los devotos sacan copas para tomar estos líquidos y así beneficiarse de ellos, siendo habitual que sean doncellas en el caso de Cristo y caballeros en el de la Virgen.

Una de las virtudes que se le atribuyen a la leche de la Virgen es la capacidad de aliviar el sufrimiento de las almas del purgatorio, estado espiritual en el que el fiel expía sus pecados veniales para acceder luego a la comunión con Dios. Dicha representación, llamada Virgen del Sufragio, tiene especial arraigo en Italia y cuenta con un ejemplo en España en el Museo del Prado. La pieza, titulada «La Virgen y las almas del Purgatorio» (1517) de Pedro Machuca, presenta a María como una superheroína de proporciones robustas que sobrevuela el purgatorio levantada por ángeles, mientras vierte leche de sus pechos sobre las almas atormentadas. Destaca la falta de trabajo sobre los rostros frente a la importancia del cuerpo (y senos) de la Virgen, que ocupan dos tercios del cuadro. Se trata de hecho una de las últimas representaciones de esta madonna; el Concilio de Trento desaconsejó su uso junto con el del resto de lactancias por considerarlas imágenes de raíces paganas y de dudosa moral.

La Virgen y las almas del Purgatorio», de Pedro Machuca, 1517 (Vía Museo del Prado)
Comments (0)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.