Tributos y atributos

Colección del Gabinete secreto del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles (vía Flikr)
María Díaz Moreno

Hablando brevemente sobre la identificación del espectador con el persona en el audiovisual, tanto pornográfico como no, mi posición habitual tiende primero, a señalar la importancia en determinados sesgos poblacionales de una buena representación en ficción, y en segundo lugar apunto hacia la necesidad de que todas la audiencias se permitan el placer de sentirse narradas desde el total de la obra y el conjunto del medio, un ideal que trasladado a la pornografía es prácticamente político. Nobokov defendía que el buen lector no reproduce los libros ni con el cerebro, atendiendo meramente al sustrato intelectual y cognitivo del texto, ni con la sensibilidad, buscando respuesta a necesidades psicológicas y emocionales en temas, tramas y personajes, lo que lleva a la consabida identificación. El autor abogaba sin embargo la lectura con la espina dorsal, un acto que englobe cuerpo y mente y un algo más. La suma es mayor que cada una de las partes y se puede entonces experimentar el arte tal como es.

Aunque coincido con esta postura, el argumento del buen lector, o espectador, vale desacreditar con demasiada ligereza algunas reclamaciones sobre la ficción en pantalla sin atender a otros aspectos también corresponsables de este fenómeno. La industria, como mecanismo alimenticio para muchas bocas y cebado de una pocas, es la primera que juega a este juego. Utiliza las necesidades emocionales e intelectuales del consumidor como pilares sobre los que edificar las estrategias de marketing de sus productos, que poco tienen que ver con los bienes en sí. Se propaga así una cultura no-audiovisual donde confunden guión y película, fondo y forma.

Cuando los problemas de identificación que tiene la audiencia femenina, más evidentes aún en el porno, se reclaman, la respuesta de la industria al respecto tiende a la textualidad sin poner atención sobre otros aspectos. Se escriben entonces mujeres en situación de poder o con habilidades especiales, posicionada de manera textual por encima del espectador, pero de manera formal bajo él. Esta confusión, deliberadamente propagada y pocas veces corregida, entre fondo y forma, así como los problemas de identificación que plantea en personajes femeninos con atributos de poder, lo explica de manera muy didáctica Lindsay Ellis en su videoensayo sobre el papel de Megan Fox en la saga Transformers.

El resultado final es un pastiche entre la sexualización y la fantasía de poder tan problemático a nivel discursivo como los otros dos modelos. Este fenómeno está presente en todo tipo de productos mediáticos: videojuegos, cosmogonías superheroicas e incluso en narrativa de no ficción como la prensa deportiva.

Llevando a la pornografía este mejunje entre texto y modo, sexualización y fantasía de poder, se traduce prácticamente en el embudo y colador que son las categorías de búsqueda. El ejemplo paradigmático sería el femdom o dominación femenina. En estas producciones es habitual ver a la mujer con atributos de poder pero desposeída de autoridad hacia el espectador, que entra a ver a un hombre tratado como un objeto sin llegar, casi nunca, a convertirse en un verdadero instrumento de placer a la manera en la que solo puede ofrecer la imagen en movimiento. Esta mezcla confusa se da también en otras categorías como el squirt (eyaculación femenina), el BBW (siglas de Big Beautiful Woman), el gang bang inverso, donde un grupo numeroso de mujeres tiene sexo a la vez con un solo hombre o el MILF (siglas de Mother I’d Like to Fuck), subgénero que suele emparejar hermosas y grandes hembras de más de 30 años con muchachos medianos que rondan los 20.

Es muy poco habitual encontrar en estas producciones en el mainstream un uso verosímil de los atributos de poder que detentan las mujeres en estos géneros, y se trata de un evidente problema de cómo y no de qué. Este es uno de los motivos los que el porno gay no es solo consumido por su público objetivo. Hay todo un negocio construido en torno a categorizar cada pequeña preferencia en un tag que diferenciar del resto y aun así la objetificación de la mujer parece ser el peaje a pagar por el placer, busques lo que busques, te indentifiques con quien te identifiques.

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