Unidad Mínima de Medida

"La Coucher de la Mariée (1896)
Le coucher de la Mariée, primera película pornográfica de 1896 (vía Youtube)
María Díaz Moreno

A pesar de que la pornografía cinematográfica nace con la propia tecnología que la hace posible, su exhibición y distribución masiva comienza en los 70, en la llamada Edad de oro del porno, en parte lubricada por el sexplotation de la década anterior. Éste es el motivo por el cual, a pesar de que la asistencia masiva a las salas X era un acto contracultural y casi político, la pornografía asimiló en este momento la narrativa y las formas del cine convencional, en vez del underground en el que había permanecido durante el resto del siglo XX. Producciones tanto homosexuales como heterosexuales de esta época duran entre la hora y la hora y media y tienen un arco argumental más o menos elaborado.

Tomando como referencia este periodo del porno chic, integrado durante un breve plazo de tiempo en el consumo cultural regular de la clase media liberada, las décadas posteriores reproducen y deforman este molde. Coincidiendo con la derrota de las contraculturas para la instauración de un neoconservadurismo bien vestido, llegan las primeras ventanas de distribución domésticas. El consumo de pornografía pasa de la esfera pública a la privada y de lo social a lo íntimo. La consecuencia directa es que la pornografía se trasforma en un producto casero, repetitivo -¿cuantas veces puede reproducirse el mismo VHS?- y definitivamente utilitarista. Este cambio en la actitud del consumidor debía tener una respuesta en la industria.

Cuando por primera vez tuve conocimiento de que los usuarios de porno se saltaban partes de las escenas me produjo una gran impresión. Jamás hubiera llegado por mí misma a un consumo de aprovechamiento de un bien cultural, sea el que fuere. Salvo algún parpadeo un poquito más largo de lo habitual en alguna escena de terror, el público no suele permitirse a sí mismo la licencia de hacer una lectura diagonal de una novela o saltarse el desarrollo de una comedia para ir directamente a los gags. Se toma, por regla general, la obra tal cual se nos ofrece, porque el todo tiene un fin por sí mismo más allá de las partes. Sin embargo la pornografía no cuenta con las ventajas que gozan el resto de bienes culturales, incluida la integridad de la obra.

Vía Igmur

La evolución de la tecnología, verdadero marco que delimita qué es el porno, ha favorecido esta tendencia inicial. El paso de los formatos de distribución domésticos a los servicios P2P, y luego a los portales especializados, ha añadido no solo la posibilidad de saltarse escenas, sino de acceder simultáneamente a todo el porno de Internet; el consumidor puede remontar escenas a su gusto y necesidad, saltando, rebobinando y yuxtaponiendo.

La producción de pornografía se hace eco de este fenómeno paulatinamente, primero eliminando la trama de las películas para terminar convirtiéndolas en una sucesión de secuencias. Esto ocurre también con las películas o series de las mismas con mayor vocación narrativa. Éstas son un compendio, más de situaciones que de historias, en torno a un fetiche, una estructura que, si bien se da en otros ámbitos (cine convencional, literatura, televisión), se considera siempre dentro de éstos como una narrativa menor. El resultado final es que el formato único de producción es la escena, aunque su duración no está estandarizada; las hay adaptadas al onanismo higiénico y mecánico pero también las hay equiparables a un coito con Sting.

No obstante, la adaptación de la industria al consumo no es suficiente y es el propio público el que llena los posibles huecos que existen en un espectro infinito de necesidades eróticas. Espoleados por la cultura del pastiche y el meme de Internet, donde la inteligencia colectiva criba y mejora el trabajo individual, y animados por la idea de que una película X no es una obra conclusa con autoría, los espectadores toman cartas en el asunto. Un ejemplo de esta participación ciudadana en los resquicios deshabitados por el porno son los vídeos recopilatorios. En ellos se ve durante quince, veinte, treinta minutos exactamente el mismo gesto u acto, recogido de diferentes escenas, en frecuentes ocasiones realizado por el mismo interprete. Los mismos espectadores han encontrado una solución para evitar la búsqueda obsesiva, el rebobinado de imágenes que nos llevan al clímax en plena bajona mecánica.

Sin embargo, la definición última de todo este proceso de décadas en el que la tecnología y el consumo han moldeado el cine para adultos es la reducción de lo que consideramos porno a su mínima expresión. Y esto se da precisamente en sitios no destinados al porno pero que son especialmente heterogéneos y colaborativos. En estos espacios florece el gif pornográfico. Con este bucle infinito, despojado de su carácter audiovisual -¿quién presta atención al sonido en el porno?- se llega al átomo, a la Unidad Mínima de Medida Pornográfica. El gesto, el movimiento, el fetiche mínimo que da para paja, que cumple con su función original sin dar nada de más ni nada de menos. Más de un siglo de evolución tecnológica y visual para terminar consumiendo obstinadas imágenes que podríamos descargar por SMS.

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