Y tú ¿quién eres?

Cupid and Hymen, de George Rennie, Museo de Victoria y Alberto (Vía Flikr)
María Díaz Moreno

El debate público sobre pornografía está monopolizado por unos temas muy discutidos como lo pueden ser el estatus y condiciones de trabajo de los intérpretes o los efectos de su consumo. Uno de los eternos objetos de debate, y quizás el más problemático de todos ellos, es la representación femenina en la pornografía. Esto mismo lo he debatido en el ámbito privado con mujeres de diferentes perfiles siempre que he tenido ocasión, con interés de salir de la isla desierta que son nuestros ojos, la percepción y el erotismo propios, y enriquecerme de los ajenos. Por supuesto las respuestas han sido tan variadas como lo pueden ser los individuos.

Lo mismo hay mujeres consumidoras de pornografía mainstream como las que no tienen opinión alguna sobre la representación femenina porque solo ven porno gay, algo más común de lo que a primera vistas podría parecer. También he hablado con mujeres que no consumen porno por motivos políticos, morales o religiosos y por supuesto he entablado conversación con algunas a las que la pornografía no les produce excitación.

Entre este último grupo están aquellas que a las que la imagen pornográfica no les atrae en sí misma, prefiriendo otras formas de estimulación. Personalmente entiendo este punto de vista, en parte porque considero que la pornografía no debe ser la principal, ni mucho menos la única fuente de mitología adulta, y también porque la pornografía es capaz de ofrecer en ocasiones imágenes difícilmente disfrutables si no es con una gran fuerza imaginativa, un porno obstetra que muestra una vulva o un ano con la frialdad con la que un forense observa un páncreas.

Pero también, dentro de aquellas que solo sienten indiferencia ante la pornografía, hay las que me han dicho que el impedimento para ese disfrute es la representación femenina en el cine X. Y aún entendiendo los argumentos que me han dado al respecto, debo discrepar. No voy a entrar en la posibilidad de consumir una pornografía alternativa con representaciones diversas, ya que está al acceso de todos los espectadores adultos si tienen interés en verla, y su existencia tampoco garantiza que en ella se dé la representación que estas espectadoras podrían considerar necesaria. De nuevo, a cada individuo, una percepción y una experiencia subjetivas.

En cualquier ficción convencional, ya sea literatura, artes escénicas o cine, la identificación con los personajes puede ayudar al goce de la obra, pero no es un elemento imprescindible, porque si así fuera estaríamos ante una aproximación bastante pueril. Esto es especialmente grave en pornografía, un material hecho para adultos y que debe pensarse y disfrutarse en esos términos. Para recordar una obra de ficción donde el placer esté vinculado a sentirme identificada con con un protagonista debo remontarme a mi infancia e incluso entonces no era una condición necesaria que el personaje, por ejemplo, fuese de mi mismo género. Por supuesto que la representación de figuras diversas en la ficción como modelos de conducta positiva es importante, pero solo es válido para el público menor de edad. Esta premisa no se da en la pornografía.

Es cierto que la identificación con personajes de otro género es mucho más frecuente en mujeres que en hombres. Esto es consecuencia directa del masculino neutro y de tomar la parte por el todo, es decir, al hombre por la humanidad. Pero también es cierto que estos problemas de identificación con los personajes no derivan solo de lacras sociales como el racismo o el machismo. Es un síntoma de una falta de adecuación al medio que se consume.

El espectador debe permitirse variar el foco emocional y sensual de su atención según su estado de ánimo, la escena o el mismo plano. Es precisamente en las imágenes más cerradas sobre los cuerpos donde este ejercicio es más sencillo y a la vez resulta más estimulante. Ningún pensamiento erótico es tan revolucionario ni choca tan de frente con el orden sexual que el deseo y la identificación con un centímetro de piel absolutamente anónimo, sin rostro, sin género, sin rol y sin raza. No se me puede ocurrir nada más subversivo.

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